PEWMA DE ADVERTENCIA
La mesa era un rewe tibio,
el pan humeaba entre nuestras manos y el mate giraba como la luna nueva.
Adentro estábamos a salvo, cobijados por la ternura simple,
los niños reían bajito y el fuego conversaba con los huesos.
Todo era cálido, como si el mundo se hubiese dormido afuera.
Pero yo —ave sin nido, hueso despierto— sentí al kurruf rasgar el ambiente.
Un viento antiguo me habló entre dientes,
no con palabras, sino con presencias:
— Afuera se alza el mal, sin rostro, sin lengua, sin raíz.
No dudé. Mis pies se movieron por voluntad del ngen que habita mi sombra.
Abrí la puerta y miré:
una marea de cuerpos grises,
ojos enloquecidos y manos torcidas por el odio,
venían con gritos que no nacían del hambre ni del dolor,
sino de la envidia, del desprecio, del deseo de borrar lo que somos.
No eran los antiguos,
no eran los espíritus del bosque ni los que cuidan los ríos,
eran huincas del sueño, paridos por la codicia,
hijos del olvido que quieren entrar para incendiar la memoria.
Golpeaban la puerta, querían quebrar la sangre compartida.
Apreté la madera con todo mi cuerpo,
y mis hermanos vinieron sin que los llamara,
porque el terror verdadero convoca en silencio.
Y mientras afirmábamos la entrada, el kurruf se alzó detrás de mí,
y supe que los ngen aún nos hablan cuando danzamos con el alma abierta.
Desperté y conté mi peuma.
El lonko me miró con su sabiduría callada,
y sin temor dijo:
—Hay que estar listos. Cuando el kurruf golpea la puerta, no es para entrar, es para despertar al weichafe dormido.

Alejandro Diaz
Poeta mapuche del desgarro y la memoria. Canta con furia y ternura, entre cuerpos heridos y ancestros que danzan. Su verso arde entre el amor perdido y la raíz viva.
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