Con todo lo que había avanzado en tan poco tiempo creí que había cambiado. Pero todo fue humo y espejos. El oleaje de la realidad siempre golpea más fuerte cuando el barco está a la deriva y el capitán está vulnerable y carente de fuerzas para sostener el timón.
La puerta estaba abierta pero nunca salí del canil. Sigo siendo ese viejo perro herido que muerde la mano de quien intenta socorrerlo. Quizás el acto más misericordioso y justo sea finalmente ponerlo a dormir.
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