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Pero los dinosaurios no van a desaparecer

Jul 3, 2024

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Pero los dinosaurios no van a desaparecer
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Primeros días de noviembre del 2012, como es costumbre, para esas fechas en San Juan ya es verano. Era el pasante eterno de un diario de la provincia, mientras terminaba mis estudios de Periodismo. No me pagaban bien, pero son esos laburos que te dan ritmo en el mundo de los medios.

En esos días la noticia que vendía tapas era el juicio histórico que se llevaba adelante en la provincia a ex militares acusados por cometer delitos de Lesa Humanidad en la última dictadura. Dos de los acusados y más comprometidos, eran Jorge Olivera y Gustavo Ramón de Marchi, quienes formaron parte del Regimiento Infantería de Montaña 22. Allí De Marchi formó parte de la plana mayor y Olivera era oficial de inteligencia.  

Me cuesta encontrar en mi disco rígido cuándo fue que me empecé a interiorizar por esa época oscura de la historia argentina. Recién en los últimos años de secundaria escuché otras campanas que decían algo diferente a “fue una guerra de Estado” o “algo habrán hecho”. Algún que otro profesor o un amigo más grande se animaba a contar que conocía a alguien que fue amigo de un pariente al que le desaparecieron un familiar durante la dictadura. Pero no mucho más cercano a eso. Todo lo que supe fue por libros, documentales y el auge de la reivindicación de la memoria, verdad y justicia. En esos años fue cuando un gobierno apoyó como nunca la lucha del Nunca Más. Por eso creo que me conmovió bastante el caso y lo seguí de cerca. Pensar que existieron viejos dinosaurios que te desaparecían por pensar distinto me generaban, a 30 años de esos hechos, mucho miedo. Conocer y tener más data en ese entonces hizo poder ponerle cara e identificar a personajes nefastos que violaron, torturaron, persiguieron y mataron a tanta gente durante años, era sentir el fin de un capítulo negro de la historia. Sentía que se terminaba ahí, cuando las cabezas del Terrorismo de Estado eran juzgados y condenados a la cárcel común y sin privilegios. Pero no. Y no estoy spoileando.

Claudio Leiva era un compañero que escribía en las secciones de Economía y en Política del diario. Era un tipo callado, educado, respetado en radio y medios escritos. De las personas que usan y tienen muchos chalecos de lana, prenda que me hace pensar que ya nació con 60 años. Llevaba mucho tiempo laburando en la redacción y siempre lo veía muy seguro de todo lo que hacía o escribía. La responsabilidad de cubrir este caso cayó en él. Fue quien cubría todas las audiencias y quien firmaba cada nota que se publicaba. Era, también, corresponsal de muchos medios nacionales que estaban siguiendo el caso a la distancia.  

En una de las tantas audiencias del juicio, Leiva recibió un pedido de parte de Jorge Olivera. Le dijo al periodista que De Marchi quería hablar con él. Algo que no había ocurrido hasta entonces, ya que nunca habían tenido contacto. A la distancia y desde el banquillo de acusados, De Marchi fue que le hizo una seña a Claudio para poder hablar a solas. Ese pedido fue concedido y el periodista fue hasta un baño del edificio del Tribunal Oral Federal de la provincia. Allí en los sanitarios, Leiva se encontró cara a cara con el represor, sin custodia policial, ya que la policía federal, liberó la zona por unos minutos.

En ese lugar, entre mingitorios, paredes con mosaicos y un espejo, el milico, sin vueltas y jugado por jugado por una condena inminente en contra, colocó su mano con una leve presión en el hombro de Leiva y, primero aclaró algo que terminó siendo.

“Esto no es una amenaza, pero escribí bien. Vos tenés familia, en algún momento voy a salir”, le dijo con la mirada puesta fija en los ojos de Claudio. No existieron más que esas palabras. Luego entró la custodia y se llevó a De Marchi para continuar la audiencia.

Esa tarde los teléfonos no paraban de sonar en la redacción. La palabra de Leiva era la más buscada por los medios. Habló toda la tarde por teléfono. Como nunca lo había visto y tratando de atender a todo el mundo. Pero también lo noté con miedo. No era para menos. Y al pasar por al lado de él, no pude ni hacerle llegar mi apoyo. No supe, no pude, no tuve qué decirle. Si había recibido una amenaza de un ex represor en plena democracia. No me cabía reacción. Solo le toqué el hombro con dos palmadas a la pasada de su escritorio. Después me puse a pensar que tal vez era el mismo hombro que le tocó el hijo de puta del milico. Ya después no pude hacer otra cosa más que atender llamadas de todos los medios del país.

Después, pasaron unos meses y pasó de todo. Ambos represores fueron condenados y luego se escaparon juntos de un control médico en el Hospital Militar, en Buenos Aires. Otro “descuido” de quienes los custodiaban. Se fugaron a Paraguay y luego fueron recapturados con el beneficio de cumplir las condenas en sus domicilios.

El 3 de febrero de 2024, el represor Olivera festejó sus bodas de oro a todo trapo. Una especie de FachoPalooza, donde el Line Up lo encabezó Palito Ortega, hubo invitadas especiales como Ceilia Pando y adivinen quién fue el invitado de honor de la fiesta… Sí, Gustavo Ramón De Marchi, violando la prisión domiciliaria que hoy, aún en 2024 goza.

Tristemente no le encuentro un final a esta historia, porque los dinosaurios siguen sin desaparecer.

Enzo Carrizo

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