Si, pensabas que esto no volvería a pasar, que ya te habías olvidado del frío en el pecho y las puntadas en la frente de tenerme picoteando cada actitud tuya.
Quisiste quedarte con mis labios envolviendote, pero lo único que perduró fueron mis problemas sin corregir, mis reclamos estúpidos y los tajos en el corazón que firmaron mis malas explicaciones.
Seguí haciendo tajos y vendí mi poesía a ese corazón agujereado porque el papel corta más que cualquier puñal. Siempre el más fuerte es mi puño y mi letra.
Nunca imaginaste volver a oírme pedirte perdón, tragar saliva para evitar entrecortarme o abanicarme los ojos para cubrir mis aguas de caracoles.
Aquí estoy, hartándote, aburriéndote, todavía mandando cartas a ese corazón lejano, tajado, culpándome de todo.
Siempre yo y todo yo, yo y mi impulsividad, mis malos tratos.
Pero no dimensionas la soledad, la incapacidad de ser impulsivo con el resto, no saber llorarle a otro hombro y golpear mis cachetes con las palmas cuando vuelvo a agujerear ese corazón, que ya tuvo demasiado.
Jamás verás la falta que me hace un ruido blanco al que pedirle que se calle, lo que necesito un cable a tierra, un “todo va a estar bien”. Me cansé de los, “tranqui vemos”, los “vos sabes que hacer”, quiero un “está bien, te entiendo” sin tomarnos personales los asuntos.
Ese corazón no me debe nada, en un tiempo lo seguirán tajando otras poesías o más aviones de papel, pero siempre valdrá tanto como para hacerme sentar a escribir.
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