creo que perdí el control desde que llegaste cargando esa sonrisa traviesa, un tanto misteriosa y completamente cautivadora. entraste en mi vida y arrasaste con todo, como una tormenta que no pide permiso antes de derrumbar lo que encuentra a su paso. destrozaste mis barreras con aquellos brazos que hoy me envuelven con una ternura casi reverencial, con un amor devoto que me llena el corazón en los sentidos más puros.
me miraste profundamente, como si quisieras desentrañarme. como si cada parte de mí fuese un secreto que valía la pena conocer. y ahora, esos mismos ojos son lo primero que busco apenas despierto, lo primero que mi memoria convoca incluso antes de que el día termine de empezar.
perdí la poca cordura que me quedaba cuando tu boca —peligrosa, insolente, malhablada— cubrió la mía una madrugada de festejo, como si el hambre que llevábamos dentro no hubiese tolerado esperar un día más. y caí. caí sin remedio. cada vez más profundo, hasta que cada rincón de mi cuerpo empezó a reclamarte con una urgencia que ya no sabía cómo esconder. mis manos buscaban las tuyas para ofrecer caricias tímidas, y mi boca temblaba en sonrisas cada vez que tu humor —tan tuyo, tan absurdo, tan perfecto— chocaba con el mío.
no dejo de sentirte.
me siento volver un poco loco.
me abruma la cantidad de emociones que traes a un cuerpo que había olvidado lo que era sentir. ahora no soy más que un volcán contenido, un temblor constante, una erupción a punto de romper la piel con pura ansia de consumirte… y amarte. y vivirte.
no quiero nada más que esto.
no deseo nada más que a ti.
te quiero en las mañanas, entre esos buenos días adormilados que dejas entre besos suaves antes de irte a trabajar. te quiero en las tardes, cuando apareces en casa y te envuelvo en mis brazos como si las horas lejos hubiesen sido un peso insoportable, y toda la tensión del día se disolviera en tu simple contacto.
y te quiero en las noches, en esas charlas serenas que abrazan mi alma. porque no hay nada más hermoso que la forma en que nos encontramos también en las palabras, en esa comunicación que nos sostiene incluso cuando el mundo afuera parece demasiado.
dios, flaco… es que me vuelas la cabeza de formas que ni las palabras alcanzan a explicar. hasta el choque frenético de mis dedos contra el teclado retumba por la habitación de lo alterado que me dejas.
te quiero.
te adoro.
te amo.
te siento.
te vivo.
te deseo.
y si alguna vez perdí el control de mí desde que llegaste, entonces que así sea. pero que sea contigo. porque si amar es este vértigo, este desborde, esta manera tan absoluta de sentir… entonces no quiero volver a encontrar el equilibrio. prefiero quedarme aquí, en este lugar donde existes tú, donde cada día comienza con tus ojos y termina con tus brazos. porque si algo tengo claro entre todo este caos que provocas en mí, es que no me perdí cuando llegaste.
te encontré, y me encontré.
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