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Querida,

Irónico que supiera el significado del término antes de conocerte, en tu idioma, algo tan tuyo.

Tú y yo nos construimos entre cartas, palabra por palabra. Sobre promesas suaves. Sobre sueños compartidos. Nunca hubo un rostro, pero sí una voz que aprendí de memoria. Yo te conté mis miedos, tú me hablaste de los tuyos. Y sin darnos cuenta, creamos nuestro propio mundo, uno al que le tuve fé, como si eso bastara para sostenerlo. Quizás ahí estuvo el error. O el destino. O la magia. 

Te escribo porque nunca te vi y aun así aprendí el peso exacto de tu ausencia. 

Te escribo porque yo sabía mientras más te conocía, como dice aquella canción, que al final de los tiempos me ibas a doler, no debería pero dolió. 

Te empece a querer sin la certeza de que tú lo hicieras de vuelta , yo estaba , tú también y luego ya no , por eso tu silencio fue cruel.

A veces pienso que me enamoré del proceso. De la espera. De la pausa entre carta y carta.

Esta es la última carta que te escribo, la que me faltaba. Escribo para que la nostalgia deje de confundirse con la esperanza, porque extrañar a alguien que nunca viste se siente ilegítimo, sin derecho. 

Si algún día piensas en mí, puedo decir con certeza que ya no espero una respuesta. Hace algunos días te volví a encontrar, vi lo que lograste, me hizo feliz y ahí lo supe, era hora de dejarte ir. 

Fuiste mi payé, un hechizo, magia, una ausencia que eligió no despedirse. Y para algunos, así como para mí también, la nostalgia de extrañar. 


El diario de Salomé

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