Entraste tarde al teatro
cuando la obra ya había terminado.
Te creíste gracioso
—como siempre—
confundiendo ruido con presencia.
Creíste que el eco era risa,
que el escenario aún te pertenecía,
que el público seguiría sentado
esperando tu triste acto improvisado.
Pero el telón había caído
mucho antes de que aparecieras.
No fue tu broma lo que molestó,
fue tu costumbre de no mirar alrededor,
de no notar que ya no eras protagonista,
ni siquiera invitado.
Un día fuiste sol
y hoy sos apenas luciérnaga.
Ahora podés hacer piruetas
en tu teatro vacío.
El silencio
apaga las luces
mejor que cualquier aplauso.
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