Estuve todo el día dando vueltas, no tenía un problema de decisión, mi sentencia ya estaba definida, mi pena de muerte se iba a ejecutar hoy, 13 de diciembre. Pero quería tomarme mi tiempo, tener un último desayuno, un último almuerzo y una gran última cena. Decidí no hablar con nadie ese día, no quería equivocarme y que se den cuenta, que me repitan las mismas palabras de siempre, que me aconsejen desde su privilegio, que me argumenten y que traten de explicarme como si esta vez algo fuera a cambiar. No quería ser foco del otro, el debate en mesas ajenas, las anécdotas que se transforman en mitos cuando uno parte, quizás no quería sentir que la vida era entretenimiento ajeno.
Para el desayuno un café negro y sin azúcar. No me preparé como último desayuno un café porque me encante sino por su supuesta propiedad energizante que nunca en mi vida noté, pero el deseo de algo que no funciona funcionando de la nada y sin que nadie lo espere, me convenció. El almuerzo fue en el planetario, unos sanguches de jamón y queso que tanto me gustan acompañados de los patos que me hacían reír cuando se peleaban por el pan que les arrojaba. La cena no fue como quería, se me había hecho tarde y no podía faltar a mi compromiso, así que comí en una de esas parrillas en la calle y fui directo a mi destino. Llegué, subí las escaleras, cada paso que daba se sentía igual que cualquier otro que haya dado, no noté diferencias en nada y eso era lo que buscaba hasta el momento. Llegué al techo vi las estrellas, la luna y me di cuenta de que nunca había viajado a ningún lugar. Nunca había viajado en avión y nunca viví en lugares altos, esto era lo más cerca que había estado del cielo en mi vida. Seguí caminando por el techo y me paré en el borde, contemple unos segundos y antes de saltar, escuché las escaleras, alguien subía. Me asusté y me alejé del borde, no me esperaba apariciones en este momento. Subió al techo y lo vi, pálido, parecía que no había comido en días. Le pregunté que hacía en este lugar, pero no escuchaba, le dije que si quería evitar mi muerte, que se vaya, no había forma de que cambie mi decisión, pero no escuchaba, sólo caminaba y paso tras paso se acercaba más al borde, cada paso igual, la mirada a la distancia, la frialdad en el rostro, no se paró en el borde, no contempló nada, solo caminó y cayó. Miré hacia abajo y ahí estaba él, tirado y con la misma cara. Miré mi reloj, ya eran las doce. Cuando miré hacia adelante, creí ver a los patos que tanto me divertían, peleándose por el pan que les daba un viejito.
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