Mi suelo nunca fue patagónico,
no fui leña de su trópico;
mi tópico es el infierno norte,
grados inherentes a mi provincia.
Pero incluso su ardor
no ha dejado de humanizarme.
No me arraza un fuego,
pero no juego con mis pares, los animales:
no me necesitan
como suelo de hielo,
me necesitan cálida,
voraz y terrenal.
No hay hielo en mi corazón que, por ley,
me vuelva glaciar.
No soy un témpano;
no hago política.
Soy magnífica cuando,
a los bosques,
las reservas,
la fauna ajena al norte,
quiero refugiar.
Soy un pudú
en atmósferas habitadas
por perros asilvestrados.
Son personas,
son entidades que mueren:
costales de indiferencia.
Y soy un quemazón formoseño.
Aún lejos, tengo arma;
tengo poesía;
tengo el corazón hecho un bosque:
que incendia,
denuncia,
por los suyos
junto a los nuestros,
del otro lado de la patria.
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