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Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?

Abr 25, 2026

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Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?
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Parte 4:

Kingdom,

Capítulo 7.




El reloj marcaba las diez cuando oímos un ruido lejano, pero dentro del castillo, como de un vidrio rompiéndose. Galeano se levantó de un salto y juntos miramos hacia el techo, expectantes. Galeano se paró y abrió la puerta de la habitación. Al poco tiempo se escucharon gritos provenientes de arriba, un sonido de una alarma y varias pisadas y otras voces de todas direcciones.

—¡Intrusos!

—¡Están atacando!

—¡¿Es en la habitación del rey?!

Fueron algunas de las voces de los guardias que se dirigían furiosos y rápidos por las escaleras.

—¡Vamos! —gritó Galeano.

Subimos por las escaleras. Vimos detrás nuestro a los hijos de Mickael que también estaban alarmados y con preocupación, dirigiéndose hacia el quinto piso.

—¡Padre! ¡¿Quién osa...?!

Gritaban desde abajo.

Habíamos llegado al quinto piso y corríamos junto al ejército de guardias por el pasillo que daba a la habitación de Mickael. En dado momento, antes de llegar, aparecieron los dos hijos volando sobre un pedazo de piedra desde detrás de la baranda para luego caer delante de la puerta de la habitación. 

Patrick abalanzó sus dos brazos hacia la puerta y, de un movimiento, extendió sus manos de forma horizontal, derritiendo la madera y parte de los muros en medio segundo, dejando un gran agujero. En ese mismo momento, aprecie como una lluvia de lo que parecían balas negras eran arrojadas desde el interior de la habitación hacia los hijos y los guardias que estaban detrás. Varios guardias cayeron al suelo, dejando un charco de sangre. Los hijos se cubrieron la cara, pero también cayeron arrodillados.

Nosotros estábamos más atrás, y más atrás nuestro seguían llegando guardias.

Desde aquel agujero, vimos la figura de un hombre, oscurecido por la nula iluminación. Su sombra era macabra, parecía encorvado, no parecía tener pelo, vestía una capa, una espada corta puesta en su cinturón, y lo que parecía un revólver. En sus manos tenía apresado al rey y lo estaba ahorcando.

—¡Atrás! Un paso más, ¡y le vuelo la cabeza al rey! —vociferó aquel hombre, y su voz era ronca y sombría.

—¡¿Quién eres?! ¡Suéltalo, ya! —gritaron los guardias.

—Ahora ya sabemos su secretito. ¡Este reino caerá, y obtendremos todas, todas las riquezas que esconden en las nubes!

El hombre rió como un maníaco. De pronto, desde la ventana dentro de la habitación, una gran figura emergió, levantó su enorme puño y lo abalanzó hacia aquel hombre que tenía apresado al rey. El hombre lo esquivó dando un salto y, llevándose las manos a sus bolsillos, arrojó de ellos otras tantas bolas hacia el suelo. Al impactar, las bolas esparcieron una gran humareda que inundó toda la habitación y parte del pasillo.

No logré ver nada, pero sentí el empuje de varios guardias apresurados a entrar en la habitación del rey.

—¿Dónde está?

—¡¿Escapó?!

De pronto un grito se escuchó, provenía de arriba y era la misma voz del hombre que se llevó al rey:

—¡Sucumbirán ante la reina! —exclamó riendo.

Diferentes voces alarmadas de los guardias y de los hijos se empezaron a mezclar.

—¡Arriba!

—¡¿huyó?!

—¡Maldito!

—¡Preparen a todo el ejército!

De otras partes del castillo se empezaron a escuchar fuertes estruendos y gritos de agonía y ayuda. Galeano me tomó del brazo y comenzó a correr.

—¡Vamos, hay que salir!

—¡¿Qué, qué está pasando? ¿Quién era esa figura?! —le pregunté con temor.

—No lo sé. Parece que nadie lo sabe —dijo, y un escalofrío recorrió mi espalda.

Bajamos las escaleras apresuradamente. A medida que descendiamos, varias explosiones surgían de las habitaciones, varios guardias salían volando y otros tantos se ponían en posición de defensa.

—¡Llamen a todos!

—¡Evacuen a los indefensos!

—¡Nos atacan!

Una vez estuvimos a las puertas del castillo, las cuales estaban completamente abiertas y de ellas corrían un sin fin de guardias y personas, se escuchó una voz, un estrago, como si fuera el rugido de un demonio. Corrimos lo más rápido posible, Galeano me agarraba la mano izquierda, sentía el dolor del pinchazo, pero ese dolor, ese pequeño dolor, fue de mínima importancia, y no podía pensar en otra cosa más que en lo atroz que se había vuelto la situación en tan sólo un minuto. Todo estaba a oscuras y al mirar hacia atrás, la única e hipnotizante luz era la del castillo prendido fuego. Una gran llamarada que de ella emanaba un enfermizo humo gris.

Vi, mirando hacia atrás, sin parar de caminar siendo llevado por Galeano mientras me agarraba del brazo, a aquel hombre que tenía de rehén al rey, parado en la punta del castillo, como una sombra eminente, un demonio mirando la destrucción. Arrojaba de sus bolsillos varias bolas pequeñas las cuales explotaban en contacto con el suelo. Vi a los hombres estatua que antes hacían guardia en la entrada del castillo, escalar el castillo, intentando atacar al hombre en la punta, vi varios hombres estatuas; ya no eran sólo dos, sino decenas y decenas de ellos, escalando, intentando llegar hasta aquella figura misteriosa. Pero las estatuas caían, una a una, eran derrotadas, y por más disparos y por más guardias que hubiese, aquella figura parecía tener todo el control sobre el ejército de Mickael. De pronto, la noche se hizo día, dado al ardiente fuego y el resplandor momentáneo de la infinita lluvia de explosiones.

—¡¿Qué está pasando?! —dije gritando, esperando una respuesta de Galeano.

Pero no la tuve. Mis gritos se hundieron y se perdieron ante todo el estruendo de explosiones como una gota más en un océano. No se escuchaba nada más alrededor, nada de voces, nada de gritos, nada de súplicas de ayuda… sólo un sin fin de explosiones que aturdían.

No tardamos en llegar al puente, donde Galeano paró un momento en busca de Bara, la cual estaba hecha una bolita, asustada, a un costado del puente. La pequeña no escuchaba, pero podía ver la catástrofe. Galeano corrió hacia ella y la tomó con el brazo que tenía desocupado.

Una vez dentro de la gran ciudad, la mitad de los guardias de allí se encontraban socorriendo a las personas, intentando ponerlas a salvo, lejos de las explosiones, y el resto de guardias se encontraban cruzando el puente camino hacia el castillo.

—¡Nos invade el enemigo!

—¡Han penetrado los muros del noreste!

—¡Evacuen ya mismo por el sur!

—¡Maldita sea! —escuché decir a Galeano.

Una vez ya dentro de la ciudad, la escena fue aún peor. No había explosiones, pero sí los gritos de las personas, una terrible escena de almas inocentes corriendo por sus vidas. Los cielos se tornaron rosados, pronto se escucharon estruendos, relámpagos que navegaban por las nubes. Comenzó a lloviznar.

—¡Ve a buscar a Irys y tráela a salvo! —gritó Galeano, soltandome el brazo y señalando hacia adelante—. Yo iré con Bara a mi casa, prepararé un par de cosas. Tráela, por favor. Y trae los discos.

Su mirada angustiada reflejaba una súplica, un llanto interno. No lo pensé dos veces, y sin mediar palabra, corrí hacia donde señaló Galeano. Corrí hasta cansarme, me parecía reconocer las calles, los negocios, de los cuales corrían y se iban espantadas las personas. Pero no estaba seguro de ir por buen camino. Paraba de a ratos, apoyando mi mano en los muros de un local, iluminado por el lejano fuego que nacía de la destrucción, descansando y tomando aire para seguir, mientras observaba a la gente correr, mientras veía a la ciudad perder su vida, su belleza. Paraba, exhalando rápida y fuertemente. El entorno a mi alrededor me ponía nervioso, las personas gritando, los lejanos ruidos de explosiones y de estructuras cayendo, resonando en el piso. Pero sentía, dentro, muy dentro, una terrible angustia, una tristeza enorme, una soledad que atormentaba, que atormentaba a Irys, pensé. No quería que acabara así.

Corrí largo rato pensando que me había perdido, hasta que por fin me encontré con Soriana, el hotel. Verlo fue como estar en otro mundo, uno paralelo donde la estructura era infernal, iluminada por tonos rojizos y naranjas, donde dentro sólo se podía alojar la muerte y donde, con tan sólo verlo, me inundaba una preocupación y una sensación de inquietud.

La puerta del hotel estaba abierta, habían salido todos, pensé en que no la encontraría, pero, cuando llegué a la habitación, vi que estaba con llave.

—¡¿Irys?! —grité golpeando la puerta.

No tuve respuesta y, sin dejar pasar un segundo más, me quité un guante y deshice la madera. Allí estaba ella, acostada en la cama, dándome la espalda y de frente a la pared. Estaba en posición fetal, rodeada de periódicos, agarrándose la cabeza con las dos manos, cubriendo sus orejas. Una vez me acerqué, vi en su rostro negro, un gran signo de dolor y represión.

Acerqué levemente mi brazo y toqué su hombro. Al sentirme, giró su cabeza hacia mí. Sus ojos estaban huecos, su figura crecía y se desgarraba su ropa a medida que se paraba y se levantaba de la cama.

—¡Han muerto! ¡¿Qué… qué está pasando?! —dijo con una voz tenebrosa, mientras, parada frente mío, siendo varias cabezas más grande, me agarraba del cuello de mi remera con una mano y me alzaba cada vez más arriba.

—¡¿Irys, me reconoces?! ¡Soy Jim! —le grité, intentando poner mis manos en sus hombros, pero sus brazos eran más largos y no podía siquiera tocarla.

Intenté entonces agarrar sus brazos, pero era extraño al tacto, como si estuviera tocando una especie de humo, pero más denso. Irys recobró la cordura. Se calmó, volvió a su forma humana y se cambió rápidamente su ropa. Encontré mi mochila, la cual tenía los discos, la agarré y salimos del hotel. Le hice saber, por si era él por quien preguntaba, que Galeano estaba bien y que no había muerto, que iríamos hacia donde él se encontraba. Íbamos corriendo mientras la agarraba del brazo. Se sorprendió al ver la ciudad en llamas y cayéndose a pedazos.

En un momento, sentí como tiró de su brazo hacia atrás, empujándome y desprendiéndose de mí. Se había quedado contemplando el fuego y el humo con la mirada perdida en la ciudad y la boca abierta, la había inundado el pánico y el miedo.

—¡Galeano nos espera! —le grité, empapado, mojado y con el pelo cubriéndome los ojos—. ¡Él está bien, no está esperando!

La lluvia era cada vez más intensa. En la distancia, en dirección hacia el norte, había una columna de humo que destacaba de las demás. Varios de los guardias con los que nos encontrábamos corrían en aquella dirección. Tomé de vuelta el brazo de Irys y volvimos a correr. Su cuerpo no ponía resistencia, parecía un trapo, no quería pensar en el dolor por el que estaría pasando.

Traté de recorrer el mismo trayecto que hice cuando vine. En dado momento, habiéndome orientado y estando ya cerca de la casa de Galeano, del norte, varios escombros, postes de luz, personas, árboles y demás salieron volando en nuestra dirección. Arrastré a Irys conmigo detrás de una estructura, un atisbo de lo que una vez fue una casa o un local, y me encogí de hombros por instinto, la lluvia de gigantescos objetos que parecían meteoritos cayeron cerca nuestro, dejando una polvareda y rompiendo las calles, destrozando edificios y derrumbandolos. Corrimos sorteando las ruinas, los escombros, con la poca visión que teníamos, y una vez el humo se había ido, sólo vimos cadáver tras cadáver a nuestro paso. El olor, que antes no era más que a humo, pólvora y objetos quemándose, ahora se estaba mezclando con el sutil aroma de la muerte, sangre, vísceras, un olor metálico. Estuve a punto de tropezar con uno, me sentí inclinarse hacia adelante y pude mantenerme de pie, y al mirar hacia atrás vi que le había pisado la mano a una pobre mujer, muerta. Ver su torso y su cara sin vida, me hizo paralizarme, hasta que una explosión lejana me recobró la razón, me encogí de hombros y miré hacia donde había explotado algo, entonces, Irys me tomó de los hombros y me gritó.

—¡Vamos! —dijo.

Y entonces traté de orientarme de nuevo. Corrí lo más rápido que pude, pero vi que Irys no podía seguirme el ritmo, entonces tuve que detenerme y ayudarla a sortear los escombros. Pronto, logramos llegar a la cuadra donde vivía Galeano. Corrimos hasta la vereda, y nos apoyamos con una mano en las casas y los locales hasta lograr llegar a donde estaba Galeano. La puerta estaba abierta, entramos rápidamente y la cerramos. Una vez dentro, el repentino silencio, aunque no completo, me tranquilizó, hizo que me detuviera un segundo, pensando que había acabado todo, que estaba seguro, pero los temblores se seguían sintiendo. No había nadie, pero imaginé que estarían escaleras abajo, en el sótano. La puerta secreta también estaba abierta, esperándonos.

—¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? —preguntó Irys.

—Aquí está Galeano… —le respondí mientras bajábamos hacia el laboratorio.

Allí nos encontramos con él, y junto, muy a su lado y apegada a su pierna, estaba Bara.

Galeano se alegró de vernos y se nos acercó.

—¡¿Están bien?! ¡Qué alivio! —dijo, pasando sus manos por nuestros hombros.

—¡¿Qué está pasando afuera?! —dijo Irys con voz quebrada.

—¿No te preocupes, sí? Hay una guerra afuera, pero no ocurrirá nada. Lo último que quiero es que se pongan nerviosos. Pasen por aquí.

Galeano nos guío hasta aquella sala, donde me había puesto la inyección hacía unas horas. Allí, se dirigió a una mesa y señaló otra muestra de la sustancia que me puso en el brazo.

—Irys, escucha… Te pondré esto —dijo señalando la jeringa—. Es por tu bien, esto que tengo aquí…

—¡¿Eh?! ¡¿De qué hablas?! —dijo asustada, retrocediendo unos pasos e interrumpiendo a Galeano.

—Escuchame. También se la he puesto a Jim. Es por tu propio bien. Esto de aquí te hará más resistente.

—¿Qué es? —dijo ella, con una voz temblorosa.

—No te pasará nada. Confía en mí, es sólo una inyección para fortalecer tu piel.

—Pero… en mi forma demonio… —murmuró.

—Sé que eres más fuerte y resistente en esa forma. Pero no quiero que te lastimen, ¡¿qué pasará si te agarran desprevenida y estás en forma humana?!

Al igual que me pasó a mi, Irys se negó al principio. Estaba asustada, y la entendía. Al final, cedió, y mientras Galeano estaba a punto de ponerle la inyección, las sacudidas y los temblores se hicieron más fuertes, pero no pasó a mayores.

Una vez terminó el proceso, Galeano nos llevó hasta otra sala.

—Me los llevaré por las dudas. Es mejor que nada —dijo, agarrando mis antiguos guantes y poniéndoselos.

—¿También los usarás? —le pregunté

—No soy muy hábil con ellos como tú… y tampoco son tan buenos como los tuyos, pero al menos los llevaré puestos. Miren esto, uno de mis artilugios —dijo, señalando lo que había en la mesa al lado suyo.

Agarrándolo con sus manos y presentándolo, reposando como si se tratase de una reliquia, Galeano nos mostró un revólver.

—¿Qué es eso? —preguntó Irys, más concentrada en frotar su brazo que en el arma.

—Una de mis creaciones, un revólver calibre 40. Utiliza balas infundadas con influencia… Las que tiene en la recámara, son de super fuerza, como la habilidad de Bara.

El revólver era bastante grande, lo sostenía acostado en sus dos palmas, presentándolo, era en su mayor parte de un color plateado y gastado, en el mango tenía una cubierta marrón que parecía madera. Además, desde la recámara, desde el tambor, las balas brillaban de un color anaranjado. Galeano sonrió, parecía estar contento con su juguete. Luego de presentarlo, se lo guardó en la mochila.


Agustín D.

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