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Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?

Abr 25, 2026

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Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?
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Parte 4:

Kingdom,

Capítulo 5.




Caminamos entonces, junto al ejército de caninos, un pelotón de al menos veinte peludos soldados, hacia el castillo. No debía faltar mucho para que la oscuridad cayera sobre la ciudad, pues el sol ya se iba escondiendo en el horizonte. Habíamos llegado a una calle principal, una avenida, por la cual transitaban un montón de personas, y recto frente a nosotros, el camino terminaba en una muralla gigante que protegía al castillo. Gigante, se alzaba un muro imponente y reluciente de un dorado brillante, y a lo alto, como incrustado en él, habían gemas gigantescas, rojas, relucientes. El muro terminaba en punta alto en el cielo, frente nuestro. Y a lo largo se iba ondulando, haciendo pendientes, volviéndose a erguir, como si el muro adoptara la forma de una corona gigante. Derecho frente a nosotros se encontraba la entrada. Llegamos hasta el final de la calle y delante nuestro se expandía un puente que cruzaba por encima de un pequeño río. Al estar ya más cerca, vi como el muro dorado reflejaba toda la ciudad, de lo reluciente y lustrado que estaba, y detrás, muy detrás en la lejanía, se levantaban montañas gigantes que alcanzaban a tocar las nubes. Antes de cruzar el puente, Galeano intentó deshacerse de sus perros, incluida Bara, la cual entendió la orden y sin más problemas se echó a un costado de los adoquines del puente. Pero si bien varios de los perros nos habían dejado de seguir, hubieron otros que parecían empedernidos en seguirnos, y Galeano se cansó de lidiar con ellos y sin más   dejó que los pequeños nos acompañaran hasta la entrada de la muralla. Nos detuvieron dos guardias que llevaban armadura amarillenta con decorados plateados y armados con fusiles y una larga espada y escudo acoplados en sus espaldas.

—¡Alcen las manos! —dijo uno de ellos.

Estábamos a punto de cruzar el muro e iba tan despistado mirando cada detalle que me alarmó su voz repentina. Me quedé quieto en el lugar y seguí las órdenes. Los guardias se acercaron y, apuntandonos con una mano sus fusiles, con la otra nos revisaron de arriba a abajo en busca de algo sospechoso. En dado momento me quitaron la mochila y la revisaron, lo hicieron tan bruscamente y sin mediar palabra, que me hizo doler mi brazo izquierdo, donde tenía el pinchazo. Luego de revisarla y no hallar nada, me la devolvieron.

—Encontrarán mejor ropa en los basureros de allí dentro que la que llevan puesta —mencionó el guardia, se rió, volteó a ver a su amigo y este también rió—. ¿Estos perros son suyos? 

Nos habían terminado de inspeccionar y se habían puesto frente nuestro.

—¿No me reconocen? Soy Galeano…

Los guardias cruzaron miradas, uno de ellos negó con la cabeza, y entonces el otro gritó:

—¡Te hice una pregunta!

—Sí… son nuestros. Se que no los permiten allí dentro, háganme el favor de retenerlos aquí… —repuso Galeano.

—¡Maldita sea! háganse cargo de sus malditos problemas… —murmuró el guardia.

Nos dejaron entrar sin problemas, mientras ellos silbaban y hacían llamados a otros guardias que estaban cerca para ayudarles a retener a los perros.

—Es impresionante... —dije y las palabras salieron solas.

—¿Es bastante asombroso, no es así? Quizás te habrás dado cuenta, estos muros son una corona gigante, que encierran a un pequeño poblado donde vive la clase mayor y principalmente el ejército militar y los científicos. En aquel extremo —dijo señalando hacia adelante, en dirección a las montañas—, se encuentra el castillo del rey Mickael, a la izquierda, un gran laboratorio y universidad donde se llevan a cabo extensas y laboriosas investigaciones y del otro lado la sede militar donde se entrenan a los mejores soldados.

Delante, donde señalaba Galeano, logré ver aquel castillo que parecía convencional, grande, como cualquier otro.

El camino hasta el castillo fue recto, las calles del poblado estaban todas mucho más limpias y cuidadas, y no había rastro de basura tirada. Las casas eran pocas y todas de al menos dos pisos, principalmente habían hoteles que eran aún más grandes que los ya vistos, y llegando al centro se alzaban un par de altas edificaciones muy bien presentadas, con carteles enormes y decorados con columnas plateadas. Además, claro, estaba repleto de locales de comida, restaurantes, supermercados, peluquerías, joyerías y más. Las hombres iban vestidos con atuendos blancos, corbatas y zapatos negros, algunos usaban una pechera adornada con decorados relucientes, era la vestimenta más fina que jamás haya visto. Las mujeres poseían varias joyas que lucían como brazaletes, collares y anillos, además de llevar tacones y el pelo muy bien arreglado y la cara maquillada. Al ver toda aquella refinada forma de vestir comencé a sentirme pequeño, casi como si fuera un vagabundo, me sentía ajeno a esta parte del reino.

Nos detuvimos estando ya frente al castillo. Alrededor de este, se extendían cientos de metros de arbustos y jardines bien cuidados y con una variedad de personal y guardias armados con espadas y fusiles por toda el área. Del lado izquierdo del gran castillo, se encontraba el laboratorio que mencionó Galeano; era en su mayor parte de un color blanco reluciente y decorado con columnas. Sus entradas eran varias y grandes, por allí se encontraban varias personas yendo y viniendo, vistiendo monos blancos y celestes. Luego, la sede militar, la cual se encontraba del lado derecho del castillo. Esta también era de color blanco y poseía columnas pintadas de verde oscuro, y su estructura era más rectangular.

Delante nuestro se expandía un camino de adoquines que llevaba directo a las puertas dobles y grandes del castillo. Galeano, mientras caminaba hacia las puertas, parecía indiferente, como si estuviera paseando por su casa. Una vez delante de las puertas, altas, pesadas, dobles, hechas de un material que parecía plata, nos detuvimos y dos guardias nos interceptaron. Detrás de cada uno de los guardias, había una figura humanoide más alta, más corpulenta, como una estatua, pero que estaba viva porque se apreciaba cómo respiraba. Aquella especie de estatuas medían al menos tres metros de altura, vestían una armadura blanca como la nieve, decorados en franjas doradas resplandecientes como el sol, y parecían pesadas como una casa. Posaban, inmóviles y rectos detrás de los guardias, posaban chocando sus dos puños delante de sus pechos, puños recubiertos por un guantelete que a simple vista podía imaginarme que tan sólo uno de sus puñetazos podría derribar una torre entera.

—¡Alto! —gritó uno de los guardias más pequeños, mientras levantaba su fusil hacia nosotros.

—Soy Carlos María Galeano. He venido a ver al rey… él sabe quién soy —exclamó Galeano. 

Los guardias cruzaron miradas entre sí.

—¿Quién? —preguntó el mismo guardia—. ¿Quiénes son ustedes? ¡El rey no tiene tiempo para vagabundos como ustedes! —exclamó, irguiéndose y agitando su fusil hacia nosotros.

—¿Me dejarás pasar, Bound? —dijo Galeano, mirando hacia la estatua humana detrás del guardia.

Aquella estatua dirigió sus ojos a Galeano sin romper postura y luego de unos segundos, con una voz grave, dijo:

—Adelante.

Los dos guardias voltearon a ver al coloso al que Galeano llamó Bound, para luego sin mediar palabras, ceder y ayudarse entre los dos a abrir una de las enormes y pesadas puertas.

—¡Rápido, entren! —dijo uno de ellos.

Una vez habíamos cruzado el marco de la puerta, los guardias no tardaron en cerrarla, haciendo un gran esfuerzo mientras la gran puerta daba un quejido de madera y piedra. 

Retumbó el golpe de la puerta contra el tope al cerrarse por completo. 

Delante nuestro, una hilera de guardias a la izquierda y la derecha se expandía. Voltearon sus miradas hacia nosotros, pero permanecieron inmóviles. A Galeano no parecía importarle. Sin inmutarse, caminó hacia adelante.

El interior estaba perfectamente limpio y reluciente, una vez atravesamos el pasillo de guardias, llegamos a una amplia sala, que tenía varios arcos donde daba paso a otras salas, y poco más allá del centro había unas escaleras dobles que subían en espiral hacia el resto de pisos. Se escuchaban nuestras pisadas, solitarias, haciendo un gran eco. 

—¿Cómo es que conoces al rey? —pregunté en voz baja.

—Lo conozco desde hace mucho… fui buen amigo de su padre. Les he ayudado en algunos asuntos, como por ejemplo… —dijo Galeano, y fue interrumpido por una persona que se asomó por uno de los arcos que daban a otras habitaciones.

—¿En que les puedo ayudar?

La mujer se asomó, nos observó, frunció las cejas y entonces comenzó a acercarse a nosotros, y el eco de sus tacones resonaban por toda la sala en silencio.

—¿Galeano? —dijo.

—¿Cómo has estado, Jean? —le respondió Galeano, indiferente.

—Vuelves a aparecer luego de tanto tiempo… Hemos estado bien, aunque bueno, ya sabes… la guerra… ¿Qué te ha traído hasta aquí?

—Hemos venido a ver a Mickael.

—¿Sigues rencoroso… Gali? —dijo la mujer con una sonrisa pícara.

—Escúchame bien, no he venido por dinero. Dime dónde está tu padre —inquirió Galeano, sin cambiar esa expresión de indiferencia en su rostro, permaneciendo siempre sereno.

La mujer, a quien Galeano se refirió como Jean, apagó su sonrisa y, con una mirada peor y más fulminante que la de Galeano, movió su mandíbula de un lado a otro, como si hubiera una tensión entre ellos dos. La tomé por reina, pues iba vestida con un ropaje similar al de una realeza, con una capa blanca que llegaba hasta el suelo con cuello de algodón, un tabardo ajustado, unos pantalones plateados y apretados, decorados con una corta falda blanca, unos tacones plateados, al igual que su cabello, que además estaba teñido de franjas doradas.

La habitación quedó en completo silencio, los dos, Galeano y la reina, quedaron mudos, matándose el uno al otro con la mirada. Luego de unos segundos, el único movimiento, único y débil sonido que rompió la tensión, fue el cruce de brazos que hizo la reina. Y así quedaron otro rato.

—No tienes cara… —masculló la mujer—. Debe estar arriba, en su sala -dijo dándose la vuelta.

—Vamos —me dijo Galeano, dirigiéndose a las escaleras—. Como te decía, les he ayudado en la corona gigante que rodea esta zona. Le proporcioné, como petición de Mickael hace ya quizás cincuenta años, una corona infundida de su propio ADN mutado, su habilidad, la cual la hizo agrandarse tanto como la has visto.

—¿Eso te lo pidió él? —le pregunté intrigado.

—Me lo pidió en una época en la que yo todavía era bondadoso. No quise cobrar mucho por el trabajo. Pero él, arrogante y tacaño, se molestó por querer cobrarle, ya que según él éramos amigos y pensó que le haría el trabajo gratis… Nunca me pagó.

Pasamos por el segundo piso y continuamos subiendo.

—Pero no me malinterpretes, no quiero su dinero, no le guardo rencor… Eso ya quedó en el pasado.

—¿Y aquella mujer… es la reina?

—¿Jean? No lo creo, es su hija… es una más del ejército de Mickael, o lo era la última vez que vine, hace décadas.

—¿Entonces, eres amigo del rey? ¿Crees que te dejará darnos su disco sin más?

—Quizás me pida algo a cambio. Ya lo conocerás, te parecerá simpático al principio, pero tiene sus verdaderas intenciones dentro de su mente. Su esposa, la reina… —comenzó a explicarme, y fue interrumpido por una voz.

—¡Qué tanto hablas!


Agustín D.

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