Amamos como quien entra al mar de noche,
sin saber nadar,
sin preguntar qué tan hondo es el fondo.
Nos lanzamos porque la piel arde,
porque la mirada del otro promete un universo
y una quiere creer
que el universo no colapsa.
Yo también amé así.
Con los ojos cerrados y el pecho abierto.
Como si mi corazón fuera una casa sin puertas,
como si nadie pudiera incendiarla.
Creí en lo imposible.
En que el amor era una especie de hechizo limpio,
una luz que no parpadea.
Que si sus labios tocaban los míos
el mundo se alineaba,
y mis grietas
dejaban de notarse.
Pero nadie habla del después.
Nadie te advierte
que el amor también sabe usar cuchillos invisibles.
Que la misma mano que acaricia
puede soltar.
Y cuando sueltan,
no se llevan solo su presencia.
Se llevan la versión de ti
que existía cuando eras amada.
Después de la ruptura
el espejo cambia.
Te miras
y no te reconoces.
El amor nos hace creer en milagros;
la pérdida nos obliga a creer en fantasmas.
Empiezas a imaginar finales
antes de que las cosas empiecen.
Te preparas para la caída
aunque apenas estés despegando.
Te vuelves estratega del dolor.
Calculas silencios.
Interpretras pausas.
Lees entre líneas
como si el abandono estuviera escondido
en cada punto final.
Y lo más cruel
es que sigues queriendo.
Sigues deseando que vuelva la magia,
pero ahora sabes
que la magia cobra caro.
Amar sin pensar en el final
era una forma de inocencia.
Ahora amo sabiendo
que todo puede romperse.
Y aun así,
cuando alguien me mira bonito,
mi corazón terco e imprudente
vuelve a encender la casa.
Como si no recordara cómo ardió la última vez.
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