Parálisis del Sueño
Escabrosas puntas
de un piercing,
ácidas,
al unísono del pus,
anidan la flecha metálica
que roza y se aprieta
contra una tela:
la almohada.
Debajo de mi piel,
extremos de titanio
bailan, se movilizan
en un nado de infección.
Y no despierto.
Vellos que se erizan
se adhieren al color
forestal de una ceja.
Una flora de tonos castaños.
Esa flora dispara
a todos mis vellos.
Esa fauna
rodea mi cama.
No son las goteras de pus.
No es el titanio
el que apretuja mis huesos.
Es el pantano
que huele a carne podrida:
la mía.
La que se tensa
entre sus dientes
de plata:
Son cocodrilos,
majestuosos bichos
al unísono turbio
de las aguas del cuarto.
Y no despierto.
No hay estruendo
en mis ojos.
Son blanquecinos,
como los huesos
que se reparten
en el agua,
en mi cama.
Escamas que giran
con mi cuerpo,
que bailan.
Gélidas puntas
de un piercing
que confundo,
siempre,
en mis sueños
con mi parálisis.
Los cocodrilos:
granulomas
que nunca terminan
de supurar.
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