La vida se me explica sencilla
en los pequeños gestos que no olvido en vos.
Yo y mis insólitas formas de refugiarme,
desde que no me convence lo que escribo.
Y qué más fiel que vos para preservarme intacto.
Me conservás como un recipiente un poco inútil;
que a cada vez que nos cruzamos me le escapo.
Vas manchando un poco el suelo y los manteles,
que se ven llenos de migas,
o por tu ceguera voluntaria,
o por mis ganas de salir.
Es lo imprudente de tus ojos cerrados
que no se quieren correr del rayo directo;
y de mi versión preferida que quiere recordarse
sin temor a encandilarnos y que te le cagues de risa.
Entonces,
te recostás de frente al sol y un poco alejada del río,
y creo que envidio tu falta de reflexión,
porque veo a cada costado
(probablemente tuyos),
algún lugar para perderme.
Y cedo a tu juego de retomar un poco la infancia,
y vas siendo mi última imagen antes de mirarte por completo de la misma forma,
que aprende a encandilarse sin reparar en lo que sobra.
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