En realidad soy yo, y no recaigo en el misticismo. Considero que estoy siendo absurdamente egoísta cuánto más pienso en los otros. De pronto me llovieron ideas absurdas, como ir a enseñarle piano a las viejas del refugio del bajo, o a presentarme en los merenderos y prestar voluntariamente todo de mí. Y los elogios me hierven el alma, la sonrisa de agradecimiento que es tan falsa como los billetes con los que me estafaron en el colectivo. Y sin embargo los guardo, como recuerdo de haber caído en una gran farsa, los llevo como estampita de san pedro a todos lados y si no existiese la vergüenza les prendería una vela y les daría un beso. Entonces acá estoy, ardiéndome la garganta como si me hubiese tragado una vela, sin poder decir que lo único que busco en los otros es algo un poco de mí. Y que si pudiera encontrarlo en cualquier otra cosa o lugar, o hobbie o arte, seguro estaría mirando de reojo para ver si nadie me esta siguiendo efectivamente en la esquina. De nada. Digo. Y me ofrezco voluntario para perderme entre algunas que otras bondades dónde rebusco como en los cajones de mi escritorio, a ver si es que metido al fondo de la mierda queda algo de decencia, o tan solo, algo que me haga seguir buscando.
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