El asfalto de la ciudad es una línea de tiempo que uno recorre sin darse cuenta, hasta que el motor de un auto te devuelve, de golpe, a un semáforo que ya habías cruzado hace veinte años.
Comprarse un auto no es solo una transacción; para nosotros, los que cargamos con los muertos y los recuerdos como si fueran equipaje en el asiento de atrás, es una forma de rescatar algo del naufragio.
Durante años, mi mapa emocional se trazó sobre los asientos de un Fiat 147, blanco, con el clásico tapizado a cuadros. Era el refugio de los sábados por Panamericana, el zumbido metálico que nos llevaba hacia esa peluquería en Zabala y Av. Libertador mientras el mundo afuera pasaba como una cinta borrosa. Eran los domingos de ritual en lo de la abuela, que guardábamos un poco en el baúl.
Pero las casas crecen y las ambiciones cambian. Cuando mi tía terminó de levantar su propia fortaleza, esa construcción imponente que era el espejo de su voluntad, decidió que el 147 ya no podía sostener su reflejo. Yo tenía once años cuando el Peugeot 206 apareció en escena, no como un objeto, sino como una promesa en papel satinado. Recuerdo los panfletos, las curvas del diseño que parecían venir de otro siglo.
—El negro es el más lindo —le dije, fascinado por el color del abismo.
Ella me miró con esa sabiduría de quien conoce sus propios miedos.
—Negro no —sentenció—. Tengo miedo de que no me vean de noche.
Era una frase extraña para una mujer como ella, a la que le gustaba ser el centro de la escena, que caminaba con la seguridad de quien sabe que los ojos ajenos son el único testimonio de que uno está vivo. Quizás por eso, después de años de pagar cuota tras cuota con ese sacrificio que ella transformaba en una forma extraña de placer, terminó decantando por un 207. Un modelo que ya tenía el gusto amargo de las cosas que no terminan de encajar con el deseo original.
Esta semana, finalmente, cerré el círculo. Me subí a mi propio 206, uno de esos que vienen con el techo corredizo, similar al que ella miraba en los folletos antes de que la vida y sus precauciones la hicieran desviarse. Lo elegí negro, desafiando aquel viejo temor suyo, como si en ese color estuviera guardada toda la elegancia que ella se privó de manejar.
Ahora, cada vez que me detenga en un semáforo y la ciudad se vuelva demasiado pesada, voy a deslizar el techo. Va a ser mi rito: abrir ese hueco de luz para mirar hacia arriba, hacia ese pedazo de cielo que se filtra entre los árboles y edificios, y sentir que, desde donde sea que esté, ella me mira. No importa el color, ni el miedo a la oscuridad de las rutas. Sé que va a estar contenta de verme ahí abajo, acelerando despacio para que el recuerdo no se me escape por el techo.
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