Mamá, papá, quiero decirles que no tengo nada que perdonarles, porque no me pueden pedir perdón por no darme algo que nunca recibieron. No puedo juzgarlos. Ahora que sé cómo sabe el amor, cómo sabe el cuidado, solo puedo decirles que lo siento mucho. Lamento que hayan sido niños en ambientes hostiles, lamento que no los hayan abrazado ni les hayan dicho lo que todo niño merece escuchar, lamento que hayan pasado noches con frío. Lo lamento, y los entiendo, tampoco hubo abrazos ni amor desmedido en mi niñez.
Mami, lamento tanto que en tu mente exista el recuerdo de noches durmiendo a la intemperie, con frío y oscuridad; que nadie te haya cuidado de ese hombre que te hizo daño; que haya sido tu mamá quien te enseñó de odio y rechazo.
Papi, lamento que ni siquiera puedas hablar de tu niñez. Lamento tu alcoholismo. Nadie elegiría eso, vos no sos la excepción. La mala suerte te pegó doble: en la vida y en la salud que te tocó.
Lamento mucho que, incluso años después, la vida no les haya dado revancha.
A ustedes dos, mis queridos padres, no los tengo que perdonar por nada, porque lo que no se enseña no se aprende, y a ustedes nadie les enseñó cómo amar, porque nadie los amó realmente.
A esos niños que fueron, los abrazo fuerte. No son culpables por no haber tenido suerte en la ruleta de la vida, son víctimas de lo que les tocó vivir.
No sería quien soy si mi vida hubiera sido diferente y, desde el orgullo de la persona que me tocó ser, les agradezco y espero que, en mi rol de hija, y en mi revancha de la vida, pueda mostrarles un poco como sabe el amor.
No hay victimarios en esta historia... y de víctimas a víctimas no nos debemos disculpas.
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