Las medusas del fondo del mar,
pensaba, no conocen la luna.
Qué rica debe ser su sociedad
para no curiosear entre la espuma.
Ellas andan tan livianas
entregadas a la corriente,
flotan sus hilos como serpientes
y se dejan llevar como una gota más de agua.
No diferencian las noches de los días,
pues viven en la oscuridad.
No como yo que junto a la cama, sobre la mesa
enciendo el velador para dormir en soledad.
Y no se saben en la lluvia,
no se sirven té en una taza
ni se sientan cerca de la estufa
a dibujar con el dedo caritas en la ventana.
Por suerte no somos medusas.
Más bien, somos tortugas
que avanzan por la arena
grumosa e incierta,
gradualmente por la orilla.
Nos mojamos los empeines
al borde de la marea
como un péndulo que llega
y otra vez, retrocede.
Los cangrejos nos preguntan
¿Cómo no las devoraron las olas todavía?
Respondemos sonrientes
que cuando el mar nos ve, se asusta.
Agradezco ser tortuga,
nací arrugada en todo el cuerpo
y si quiero vestirme, puedo,
voy y me pongo una boa de plumas.
Si quiero congelarme
o morir de calor, puedo,
lleno mi pipa de lavanda
bajo un árbol de cerezo
pero soplan los pétalos cayendo,
resbalan sobre mis hombros
y vuelan hasta encontrarte,
siempre sabrás lo que estoy haciendo.
Nuestros pies con callos
aún son muy sensibles
y aunque las medusas si nos vieran
harían sus gestos invisibles,
pensarlo me alegra el día
que en la orilla nos encontramos,
tendiste tu mano
y me hiciste tu amiga.
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