Papá…
me enamoré.
Me enamoré de unos ojos
que nunca aprendieron a quedarse en mí,
de unas manos
que jamás fueron refugio,
de un corazón
que nunca supo hacerme un lugar.
Y aun así, papá,
lo quise.
Lo quise de esa manera triste
en la que una persona entrega todo
aunque termine vaciándose por dentro.
Papá,
¿cómo se olvida a alguien
que nunca te amó como tú lo amaste?
¿Cómo se arranca alguien del pecho
cuando vive en cada pensamiento?
¿Cómo dejo de buscarlo
en las canciones,
en las noches largas,
en los silencios?
Porque él sigue viviendo tranquilo
y yo sigo aquí,
peleando conmigo misma,
intentando entender
cómo alguien puede darte tan poco
y aun así convertirse en tu mundo entero.
Papá,
creo que lo más triste
es que a veces siento
que él fingía quererme
y yo convertía sus migajas
en razones para quedarme.
Papá…
tu hija está triste.
Muy triste.
Y aunque intento ser fuerte,
hay noches
en las que me derrumbo en silencio.
Y lo peor de todo, papá…
es que todavía lo amo
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