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Palimpsesto: la responsabilidad del fenomenólogo.

Aug 23, 2026

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Palimpsesto: la responsabilidad del fenomenólogo.
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Sábado. Diez y cuarenta y cinco minutos. Viento suroeste, 267 grados. No hay una nube en el cielo. A mis 2 en punto veo el sol filtrarse a través de las hojas del árbol de palta de mamá. Febo asoma ya sus rayos pero hoy no ilumina un histórico convento, sino que gambetea entre la amalgama de estomas, clorofila y una nebulosa de telarañas que a unos 7 metros, desde mi posición, forman una especie de resplandor difuso que me agrada mucho. Papá quiere cortar la palta porque tapa el sol y la ropa colgada no se seca pero me opongo rotundamente y saboteo el plan cada vez que lo intenta. Papá no es un villano, de hecho es el tipo más bueno que conozco. ¿Por qué oponerme a la solución lógica y utilitarista? porque soy desagradablemente sentimental. Tal vez demasiado para ser hombre. Mamá amaba la naturaleza como yo. Se sentaba en su sillón en el patio a "hacer fotosíntesis" como solíamos decir y me observaba mientras yo practicaba tiro con arco, festejando cuando daba en el blanco. Hay un silencio anecoico desde que murió. 


Los pilares y columnas de los antiguos templos son testamento de las civilizaciones, aunque los que nos precedieron ya no estén, las columnas derruídas y las catedrales sepultadas aún persisten porque al igual que el duelo, son el testimonio escrito en la arena del tiempo de que alguien existió. Ése árbol de palta es un templo también: cada ave cantora, a las que mamá alimentaba y les dejaba agua, anida dejando una alabanza en forma de melodía. Del lado contrario a la palta, a mis 11 en punto, está el árbol de paraíso. Plantado un poco antes de que yo naciera. Está totalmente seco, pero de alguna forma no cae. Metáfora de mi vida tal vez. 


El lavadero se tiñe de dorado mientras destapo el desagüe y hago mantenimiento al lavarropas. Hay una calidez en el aire que es muy bienvenida y por un segundo siento paz. Me siento en el sillón del patio y cierro los ojos mientras observo las miodesopsias bailando sobre el telón rojo de mis párpados al sol al tiempo en que extiendo las palmas como velas satelitales para absorber la radiación del astro rey. Espero unos minutos hasta el cambio de filtro que se genera luego de mirar al sol con los ojos cerrados. Me gusta ese truco orquestado por la vista y el cerebro, que cambia los colores al abrir los ojos. ¿Son las actividades ordinarias que permiten continuar?. La vida no se presenta como una gran superación. Aveces, es hacer cosas mientras uno está de duelo. Camus elegía el café. ¿Son estos pequeños momentos mi café Camusiano?.


Mientras la vista se me reinicia, aprovecho para observar el pasto meciéndose con la brisa de manera tanto hipnótica como relajante. Donde algunos ven un patio descuidado por no cortar el pasto, yo veo biodiversidad. Urtica Dioica, Mentha Longifolia, Trifolium Repens  y Taraxacum Officinale, indican suelo de calidad: fósforo, molibdeno, nitrógeno y calcio. Debajo de la alfombra verde, descansan mis amadas mascotas de la infancia. 


Me saco las pantuflas y observo mis pies. Están deformados porque no tengo arco plantar y el continuo roce con la punta de acero de los borcegos que uso en la metalúrgica hace que los pulgares parezcan un boomerang. El espolón en los talones no ayuda tampoco. Pienso en que tal vez hace años que mis pies no ven el sol, no sienten la tierra debajo. Pienso en que de niño no había árbol que no trepara, de adolescente podía correr hacia el muro, usar la reja de la ventana como escalera y subir hasta el segundo piso haciendo parkour. Pienso en la foto que me tomaron en 2009 en la que estoy haciendo equilibrio parado de cabeza en la torre de un tanque de agua a 12 metros de altura. Ahora, mi cuerpo está engarrotado como mi viejo arco y me da vértigo mirar abajo cuando me asomo por la terraza. La sarcopenia es el precio por no consumir animales hace 14 años pero a pesar de que a veces extraño la comida, una vez que cayeron las escamas de los ojos ya no puedo deshermanarme de seres con los que comparto sistema nervioso capaz de sentir dolor. 


Elipsis. Tres de la tarde. Caminando por el centro. Monumento a Mariano Moreno entre los puestos de la feria de artesanos. Superposición mnemónico-sensorial. Es al mismo tiempo 22 de agosto de 2026 y 17 de mayo de 2019: tras la reja que protege el busto del prócer, un hombre armado subido a la estatua reclama la liberación de su mujer que está detenida. Mi papá llevaba a un vecino muy enfermo al hospital para hacerse diálisis ese día y tuvo que desviarse mucho por ese incidente. Fecha inexacta: en la peatonal, una mujer se tropieza por el bache que no arreglaban aún y cae frente al 501. La levanto y la acompaño con la policía al hospital hasta que llega su hija. Vuelta al presente. Cachetazo de realidad, otra postal de la crisis: un emblemático negocio de bazar cierra sus puertas después de 78 años. Solíamos venir con mamá a ver vajillas, pavas y ollas. Deambulo entre carteles de "liquidación final" y "se alquila". Entro a una galería a la que mis viejos solían llevarme con mi hermano, tiene unas rejillas que recorren el perímetro por las cuales solíamos correr porque al pisarlas hacían un ruido metálico similar al vaivén de los trenes. Sensación de temporalidad John-Ostermaniana.


Venía tan ensimismado que no me dí cuenta que un joven muchacho intentaba entregarme un volante. Pongo pausa apretando el auricular y alcanzo a escuchar que el muchacho me dice "disculpe que lo moleste", me disculpo yo por no haberlo visto y acepto el panfleto. Camino unos metros y el mecanismo de culpa católica me invade. Pienso en lo poco que ganan los volanteros y en que tal vez es su primera experiencia en el duro mundo laboral de una Argentina en crisis infinita. Y se cruzó con mi cara de orto perpetua mientras estaba distraído. Reprimo las lágrimas mientras recuerdo que en estas mismas calles hace unos meses me pasó lo mismo con una señora en situación de calle, muy mayor que se acercó a pedirme comida con la voz temblorosa y una sonrisa casi desnuda como un bosque que ha sido arrasado por un escuadrón maderero y me dijo “si podes nomas, no te enojes". Soy desagradablemente sentimental. 


En un bodegón se lucen botellas de vino sin alcohol, mi marca preferida. Pienso en mis casi 4 años de sobriedad y libertad de sustancias mientras miro una pareja en el banco donde tuve mi primera cita con el amor de mi vida. Un 12 de abril de 2015 convertimos una tarde otoñal en primavera. Ojalá hubiera sido abstemio en aquel entonces para no arruinar un futuro que no pasó. De Monte Grande a Lomas en el Roca lleno, parado sobre el fuelle del tren. ¿metáfora de mi existencia liminal? Las librerías donde mi Irene Adler y yo solíamos aprovechar las ofertas y rescatar libros viejos ya no existen. Bien dijo Fleabag: "No sé qué hacer con todo este amor que tengo. No sé dónde ponerlo ahora.". Mon Laferte lo condensó perfectamente también: "En un mundo paralelo tal vez podamos cuidarnos un poco más." Bienvenidos a Seb's. Suena el tema de Mia y Sebastian. Créditos y corte a negro.

O no.


De Lomas a Monte Grande. Encaro a tomar el bondi hasta el carrefour. Me bajo y camino. Delante de mí va un grupo de 6 chicos que como mucho deben tener unos 17 años. Se empiezan a inquietar y a dar miradas furtivas hacia atrás. Uno deja algo en la rejilla del desague del estacionamiento, aceleran el paso y se dividen. Cuando me acerco, veo lo que descartaron: un cuchillo similar a los de deposte. Yo llevo campera estilo M65, pantalón táctico y borcegos negros. La escarapela en del lado del corazón es la cereza del postre. Me habrán confundido con un milico. Evito caer en la portación de cara o la perfilación clasista por sus ropas deportivas. Yo prefiero la practicidad de mí pantalón de bolsillos enormes donde llevo linterna, encendedor y mí estilete italiano de confianza. He hecho concealed carry desde libros hasta un paquete de kilo para alimento de gatos sin que se note. Ellos Tal vez prefieran la comodidad de un joggin y un rompevientos de club de fútbol. Tal vez llevaban el cuchillo por la constante inseguridad. En febrero de 2025 me agarré a tropadas con dos motochorros a metros de la entrada del supermercado. Me gatillaron y no salió el tiro. Los adolescentes que descartaron el cuchillo pasan por el detector de metales y suena la alarma. Elijo no alertar a los de seguridad sobre los chicos. No parece que vayan a hacer una cagada. Elijo creer. 


No puedo garantizar que el mundo sea bueno. No puedo garantizar que los demás sean inocentes. No puedo recuperar a los muertos. No puedo detener la desaparición. Pero todavía puedo decidir cómo mirar.

Pablo Bernabé Céspedes

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