Palabras de presentación del libro de Alejandro Gutierrez: FIlosofía científica
Mar 25, 2026
Todavía se escucha un rumor que viene de ciertos discursos más bien empobrecidos por la falta de
contacto no académico: la verdad ha muerto. Como si por insistencia esto fuera cierto. Por suerte,
para amainar este escepticismo tuvimos otras corrientes que hicieron de contrapeso. Pocos, es
verdad, se animaron a decir en voz alta que ya no había más verdad (sea esta religiosa, institucional,
filosófica, etc.). Pero ya en muchos ámbitos académicos, muy enamorados de la retórica
rimbombante del francés, se veían aires de desánimo.
Si lo que dice el laboratorio es una interpretación social, si la ciencia debe ser puesta en duda —
como si no fuera puesta en duda siempre y desde sus orígenes— y si ya no tenemos punto de apoyo,
entonces los encantos propios del uso estrafalario del lenguaje para autojustificarse venían a llenar
ese papel, a ocupar la silla vacía. Porque, estimados, más allá de lo que sea la verdad, si la silla que
ocupa queda vacía, viene otra cosa a llenarla. No queda vacía, así sin más, para que admiremos el
agujero de la nada. Como se sabe, y esto ya lo observó Jacques Bouveresse en su pequeño libro El
filósofo entre los autófagos, empezamos a llenar rápidamente —y esto entre los que nos dedicamos
a la filosofía nos es bastante fácil—, empezamos a llenar, decía, de teorías, argumentos y demás
cuestiones que ocupen la silla o el agujero vacío.
Es decir, que si la verdad solo está en el lenguaje, si lo que verdaderamente importa es el mundo
simbólico, entonces hagamos de nuestro centro de pensamiento el lenguaje y el mundo simbólico.
¿Para qué ilustrarnos de los últimos artículos científicos sobre el funcionamiento del cerebro cuando
hablamos de mente? Si lo que pensamos del cerebro nosotros, en nuestra casa, mientras tomamos
un café, es más importante que los últimos artículos de la sociedad internacional de neurocirugía,
entonces... ya sabemos las consecuencias. De hecho, no se han parado de editar libros sobre el
tema; cualquier persona podía hackear el cerebro, hacer una reducción fenomenológica entre mate y
mate, o encontrar en los estoicos la verdad de la ciencia, del mundo y de Dios.
Es verdad que a la filosofía le cuesta salir de sí misma; lo hace a veces, pero poco y jugando
siempre con sus propias reglas. Le gusta más bien discutir entre ella, cocerse en su propio caldo,
beberse y decir qué rica que está. En toda disciplina la autofagia es una tentación.
Pocas son las voces, y lamentablemente poquísimas en español y casi ninguna de Latinoamérica,
que desde mitad del siglo XX comienzan seriamente a plantearse una relación con las llamadas
ciencias duras y el mundo de la filosofía. Hay que decir, es cierto, que esas voces, llenas de espinas
y broncas, provocaban escándalo y, en muchos casos, un escándalo que en estos pantanales ni
siquiera se escuchaba porque teníamos nuestros propios asuntillos íntimos. Así, la filosofía tomó un
camino: el de la corriente continental. La filosofía analítica, que hoy ya tiene algunos referentes
nacionales, no supo conquistar del todo el pensamiento argentino en el siglo xx, aunque no fue del
todo relegada y en muchos casos tenían demasiado olor a Viena.
Entre las voces que venían del exterior, bien sabemos que oíamos una voz bien nuestra. Mario
Bunge, solo en el desierto frío de Canadá, sacaba libros y libros. Nunca abandonó decir que era
argentino, y sus memorias, que tienen que ser leídas obligatoriamente para entender todo este
barullo, así lo indican. Su fama de pedante (justificada, para qué mentir), sus imposturas, su fuerte
nivel en ciencias duras y su intransigente manera de discutir eran una provocación. Además, estaba
lejos. Y, muy además, en contra del psicoanálisis, tan caro al pensamiento argentino y a la sensible
burguesía porteña.
No es de extrañar, entonces, que su pensamiento filosófico-científico no haya calado en nuestras
aguas. Cuando hubo de venir seguido, lo hacía invitado no tanto por las facultades de filosofía, sino
por las de ciencias duras. De hecho, su manual de más de 1000 páginas llamado La investigación
científica, de 1969, fue muy bien recibido e incluso se usaba en muchas cátedras.
A su muerte, cercana en el tiempo a esta parte, su biblioteca fue donada a la Universidad Nacional
de La Plata, cuna de su formación, lo cual consolida el vínculo con nuestro país.
Evidentemente, fue tan fuerte el pensamiento bungeano, que se hacía bien cargo de las
problemáticas de la relación entre la filosofía y la interdisciplinariedad con una fuerte apoyatura en
las ciencias duras. De a poco fue sumando lectores y discípulos, muchos hispanohablantes, pocos
argentinos. Uno de ellos, el mejor de todos ellos, Esteban Romero, amigo de Bunge y creo entender
que ahora de Alejandro y quien prologa el libro, que tan generosamente edita Potencia Editora, es
uno de los más grandes astrónomos argentinos, y difusor y teórico de esto que comienza a llamarse
desde hace varios años y con cada vez más fuerza "filosofía científica".
No voy a decir qué es la filosofía científica; evidentemente quiero que compren el libro. Así gana la
editorial, el editor, el autor, el corrector y un sinnúmero de personas en la cadena alimenticia del
duro mercado editorial. Sin duda, como intuyen, la filosofía científica es amiga de la ciencia dura.
Para mi felicidad, muy amiga de la lógica, ámbito en el que doy clases muy humildemente en mi
sagrada Universidad Nacional de San Martín.
Quiero decir, sin embargo, que leí los primeros capítulos mientras se escribían y le marqué algunas
erratas o algún nombre de más, que leí la versión final antes de ser mandada a la editorial, que
Alejandro me fue confiando —aun con mi desconocimiento, pero por su gran generosidad
intelectual— sus investigaciones y descubrimientos. Es verdad que yo tuve un poco la culpa de su
interés restrictivo. Fui yo quien le llevó una noche las memorias de Bunge y le dije: "tenés que leer
esto". Como cuando le llevé, la noche de su fiesta de casamiento, el artículo de Gettier sobre el
problema del conocimiento creído, verdadero y justificado. Yo tiro la bomba y después me voy a lo
mío, que son lecturas más bien heterodoxas como la relectura que hace Deleuze de Spinoza.
Por eso ahora vengo a tirarles esta bomba a ustedes, para que la explosión de la filosofía científica
les entre como un caballo de Troya, como un regalo que los prenda fuego por dentro.
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Comprar un cafecitoFernando Marasso
Licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) . Autista.
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