Justo en medio de lo que yo consideraba una cita, ella me preguntó si cambiaría mi vida por la de Luis Miguel. En ese momento, todo lo ambientaba “Palabra de honor”. La oferta era tentadora: toda mi persona convertida en el mítico sol de México.
Ella seguía bebiendo y fumando, maldiciendo a alguien que, como todo entre nosotros, quedaba siempre a medias. Seguía sin mirarme, y esa pequeña distancia entre nuestras sillas enfrentadas, no se comparaba con la vasta y fría distancia de nuestros rostros.
—¿Te gustaría o no? —insistió, moviéndose al ritmo de la música mientras balbuceaba la letra.
—¿Tú conoces a Luis Miguel? — le pregunté con una risa nerviosa. La clase de risa que se avergüenza de sí misma.
—En persona, no.
Sonreí, como un idiota. Intentando seguir sosteniendo este invento de conversación.
—Yo tampoco —respondí, hechizado por lo mal que cantaba. —Sin embargo… — Intenté proseguir, dándome ánimos para volverme valiente alguna vez en mi vida. Abrí otra lata de cerveza. El ruido del gas escapando llenó el silencio incómodo de la habitación en donde estábamos.
—He leído muy buenos libros… —dije antes de probar otro sorbo—. No muchos, no grandes, quizás ni siquiera los mejores, pero en su propia forma, han sido muy buenos libros. —Sonreí nervioso nuevamente. Con la cara desencajada, intentando adecuarla a alguna forma que se viera natural. Alcancé sólo a esbozar un ademán antes de ser interrumpido por su indiferente forma de hablarme.
—Probablemente, Luis Miguel también leyó buenos libros —dijo ella, haciendo una pausa para tomar aire antes de seguir cantando.
—Probablemente —dije y suspiré.
Me puse de pie, imposté la voz y reuní el poco valor que quedaba.
—¿Sabes? —dije, tratando de que al menos esta vez me escuchara—. Lo que pasa es que he conocido a una persona extraordinaria…
—Probablemente, Luis Miguel también —interrumpió, con la misma indiferencia mecánica de antes, mientras encendía el cigarro que había puesto en su boca.
—Probablemente —asentí, sintiendo cómo el significado de esa palabra se iba desvaneciendo, y volví a sentarme en el lugar en que ella me tenía relegado
El tiempo pasó como si lo estuviéramos empujando al fondo de un vaso vacío. Me puse de pie de nuevo, decidido a que, al menos esta vez, me viera.
—¿Tú conoces a Luis Miguel? —volví a preguntarle, buscando algo en sus ojos. Que se revelaran en ellos algo de esperanza para mi.
—Jamás lo he visto, ni menos él a mi.
—Lo sé —dije, con una certeza que no estaba seguro de dónde venía, y bebí un largo trago. Me sequé la boca con el antebrazo y agaché la mirada. Sólo por eso, no sería Luis Miguel, pensé. Un pensamiento que se sintió como un verso mal escrito en un papel desechado. Aunque igualmente, es necesario considerar que en algún momento esa idea, aunque fuera por una fracción de segundo, se sintió lo suficientemente buena como para ser escrita.
El silencio entre nosotros se hizo aún más pesado. En medio de aquella sala, comprendí que no era ella quien no me veía, sino que era yo el que había desaparecido. En algún lugar entre las preguntas repetidas y los silencios incómodos, me había ido diluyendo. Como las burbujas que se disuelven en la cerveza, fui perdiendo forma, desvaneciéndome en el aire, mientras la voz de Luis Miguel seguía flotando, sólida, inmutable. Ella continuaba cantando, ajena a todo, moviéndose al ritmo de una canción que desde ahora resonaba en mis adentros, como un cruel recordatorio.
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