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Pájaro del invierno.

FLF

May 12, 2026

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Pájaro del invierno.
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En la bóveda inmóvil de este invierno
hay un idioma de escarcha suspendido entre las ramas,
una respiración blanca que avanza lentamente
sobre la piel de las cosas olvidadas.

Hay cadenas rotas en el suelo.
No brillan.
Parecen huesos abandonados por un dios cansado.
Y sin embargo, en su herrumbre silenciosa
vive la sombra de una libertad antigua,
una promesa rota por el clima feroz.

Y en medio de ese paisaje inmóvil
existe un pájaro.

Nadie sabe de dónde vino.
Quizá nació dentro de una tormenta,
quizá cayó del cielo como una oración herida.
Tiene los ojos oscuros de quien ha visto demasiados inviernos
y las alas cubiertas por una tristeza mineral,
como si hubiera dormido siglos enteros
dentro de una jaula construida con viento y ceniza.

El frío lo rodea todo.

Las ramas tiemblan como dedos enfermos
y el aire corta lentamente
la respiración del mundo.
Incluso el silencio parece congelado,
colgado de los árboles
como un animal muerto.

El pájaro intenta cantar a veces.
Pero su canto no alcanza la altura de la mañana.
Se quiebra antes,
en alguna región invisible de la niebla,
y cae lentamente sobre la nieve
como un pequeño cuerpo sin alma.

Ha visto hombres caminar con cadenas invisibles
arrastrando el corazón por corredores interminables,
ha visto sus ojos apagarse
igual que faroles bajo una tormenta de invierno.
Y ha comprendido entonces
que la prisión más cruel
está hecha de frío.

Un frío que entra lentamente por la memoria,
que ocupa los rincones del alma
como una marea gris y silenciosa.
Un frío que convierte la esperanza
en una estatua cubierta de nieve.

El pájaro lo sabe.

Por eso sus alas tiemblan
cada vez que el viento pronuncia nombres antiguos.
Por eso mira las cadenas rotas
con una mezcla extraña de miedo y nostalgia.

Porque la libertad también puede doler.

A veces piensa que alguien intentó salvarlo.
Quizá una mano cansada abrió la jaula una madrugada,
quizá un corazón aún encendido
decidió romper el hierro con desesperación y ternura.
Las cadenas debieron caer al suelo
con un sonido semejante al llanto.
Y durante un instante diminuto,
el mundo debió parecer posible.

Pero afuera estaba el invierno.

Afuera esperaba el cielo enfermo,
las montañas cubiertas por ceniza blanca,
el horizonte devorado por la escarcha.
La libertad era un bosque hostil
donde incluso la luz parecía morir de frío.

Y el pájaro salió.

Avanza torpemente sobre la nieve,
mirando el cielo inmenso con ojos incrédulos,
como quien contempla un milagro demasiado tarde.
Debió sentir el viento atravesándole las plumas
igual que una verdad insoportable.
Debió comprender entonces
que hay cadenas que sobreviven incluso después de romperse.

Porque el miedo permanece.

Permanece como un animal oculto en la sangre,
como una sombra sentada detrás de los pensamientos.
Uno puede escapar de la jaula
y seguir llevando los barrotes dentro del pecho.

El pájaro vuela poco.

Apenas cruza algunos árboles desnudos,
algunas ruinas dormidas bajo la nieve.
Después desciende otra vez, exhausto,
sobre la tierra congelada.

No sabe todavía cómo pertenecer al cielo.

A veces levanta la cabeza
y contempla el cielo como si aún existiera un lugar
donde el frío no pudiera alcanzarlo.
Entonces sus ojos contienen una luz mínima,
una chispa frágil suspendida en mitad de la tormenta.

Quizá eso sea la esperanza:
un resto diminuto de calor
negándose a morir entre la nieve.

Las cadenas rotas siguen ahí,
cubiertas lentamente por el hielo.
Parecen tumbas antiguas
o fragmentos de un sueño olvidado.
Pero el viento pasa entre ellas
como una respiración nueva.

Y el pájaro escucha.

Tal vez algún día comprenda
que las alas no fueron creadas para el miedo.
Tal vez aprenda a confiar nuevamente en el cielo
y atraviese las montañas heladas
hasta encontrar un amanecer sin barrotes.

O quizá no.

Quizá permanezca para siempre
en este territorio gris de inviernos interminables,
aprisionado por la memoria del hierro,
mirando la libertad desde lejos
como quien contempla una estrella extinguida.

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