De chica tenía el hábito de escribir.
Aunque, en realidad, nunca tuve el hábito de nada.
Lo único que no dejo de hacer es pensar.
Salvo en ocasiones.
La práctica de escribir devino en mí —o se sustrajo— del hábito de pensar.
La idea que decanta en escritura.
Ya no son ideas: a veces son diálogos completos.
A veces pareciera que estoy hablando sola, pero en realidad estoy hablando conmigo.
Antes de que se asusten: esquizofrenia no es.
Me acuerdo de esos breves viajes que hacía con mi padre, cuando me iba a buscar al colegio.
De camino a casa, yo meditaba en el día que había tenido.
Viajar siempre me puso pensativa.
Él me observaba y veía mi mirada: perdida no, lo siguiente; concentrada y dando argumentos.
Y me hacía el chiste:
—¿Está interesante la charla?
Recién ahí me daba por aludida de su presencia, y abandonaba mi rumiante actividad para conversar con él.
Quizás era el movimiento lo que me estimulaba la creatividad.
En una época, llevaba una libreta en el bolsillo cuando iba a trabajar en bicicleta.
Pedaleando, sola o conmigo, tenía unas conversaciones increíbles que me resultaban de lo más relevantes.
Manifestaciones, revelaciones que más de una vez olvidé al frenar la sinergia y llegar a casa.
Como si los pensamientos se crearan a tracción a sangre.
De todos modos, no siempre los ponía en papel porque se veían mucho mejor en mi cabeza.
Es que no escribo por escribir: me encuentro ejecutando la palabra, como quien cincela el silencio hasta que duele.
Pero hubo un tiempo en que escribir era casi una necesidad.
Como lo que sentís cuando ves a alguien fumando o tomando un café —si es que te gusta fumar o tomar café—.
El pensamiento me pedía bajar al papel.
Era un desborde.
Un desborde de... de algo.
Para quien no lo haya experimentado:
es un impulso, o una urgencia.
Se vuelve menester ordenar ese caos que tenés en la cabeza.
No te ofrece una solución, pero es un alivio momentáneo.
Pero el acto compulsivo de escribir, ese nunca lo pude dominar.
Quizás, si pongo todo en papel, pierde su potencia...
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Meli Claps
Escribo lo que desborda. Cultivo pensamientos como quien cuida un jardín. La palabra como alivio momentáneo
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