Durante años confundí el talento con una sentencia. Era bueno en algo y, sin darme cuenta, dejé de hacerlo por mí; empecé a hacerlo por la identidad que otros habían construido alrededor de mis capacidades. Las expectativas crecieron hasta convertirse en una forma de deuda.
Después fallé.
Hay una diferencia brutal entre no conseguir algo y perder aquello que todos creían que eras capaz de lograr. Lo segundo se parece demasiado a traicionarse. Intenté seguir por otro camino, pero la disonancia permanece: avanzo mientras una parte de mí continúa mirando hacia atrás, calculando qué habría sido de nosotros si aquella versión competente, segura y prometedora hubiera sobrevivido.
Hace tiempo, todo esto llegó hasta mi casa. Casi me quedo fuera.
Recuerdo la desesperación de imaginar dónde dormiría, qué haría conmigo o a quién acudiría si aquella puerta terminaba cerrándose. Recuerdo también a mi madre llorando durante una conversación que consiguió evitarlo. La casa siguió siendo mi casa. Aquella noche terminó.
Yo no.
El acontecimiento pasó, pero la estructura emocional que dejó sigue intacta:
La culpa.
La vergüenza.
La sensación de haber desperdiciado una posibilidad que otros habrían protegido con la vida.
Y debajo de todo eso, algo que me cuesta admitir: soy frágil, mucho más de lo que parecía cuando las cosas me salían bien. Quizá esa fue la verdadera trampa. Mientras era competente, nadie podía ver cuánto necesitaba que aquello funcionara para sentir que yo también funcionaba.
Ahora camino por otro lado intentando convencerme de que no estoy huyendo. Pero hay noches en las que todavía escucho aquella antigua expectativa detrás de mí. No me acusa; eso sería más fácil, sólo pregunta:
“¿Qué hiciste con todo lo que alguna vez fuiste capaz de ser?”
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