Madrugada de viernes para sábado. Llego a casa, después de una jornada de 12 horas en la metalúrgica. Me cocino unas milanesas de soja que se me queman por distraído. El tiempo parece correr más rápido cuando uno no está siendo una herramienta, un útil, un mueble, un engranaje. Devoro la mezcla de harinas empanizada con más harinas, forjada sobre aceite de semillas requemado de hace unos días. La comida a base de plantas es insípida, pero es el precio que elijo pagar por no consumir seres con los que comparto sistema nervioso capaz de sentir dolor. Cuando me quise dar cuenta ya son las 2 am. A las 4 tengo que estar saliendo otra vez al trabajo. Ni siquiera 6 horas de descanso entre una jornada y otra.
Sueño con alguien que no recuerdo, aunque quisiera, porque me haría bien recordar. Extraño que otro ser humano me entienda, me añore y me haga humano otra vez. O al menos que haga el intento. Me despierta mi gato que quiere taparse también. Mi familiar felino me calma con sus ronroneos mientras me pierdo en la galaxia de sus pupilas. Sueño cosas que no son, no fueron ni serán. Me despierta la alarma de un cachetazo. Me desperezo. Mis músculos y articulaciones engarrotadas como mi viejo arco de cacería. Pienso en que amaría vivir al aire libre otra vez. Pero hoy soy un número más. Le pertenezco al sistema hasta que pague mis deudas. Y capaz, después de eso también.
Abro una lata de atún para mi hijo que maúlla preguntando si ya me voy. Me pierdo unos segundos viéndolo comer. Afuera hace mucho frío, me lo recuerda la ventana rota. Pero ver a esta pequeña criaturita devorar su desayuno con alegría le da calidez a mi corazón. Le hago upa, le doy un beso, le digo que se porte bien, bajo las escaleras y hago lo básico para maquillarme de humano nuevamente. Luego del get ready with me, papá me indica que es hora de salir. Me llevará hasta la ruta para no tener que esperar el colectivo en la oscuridad. Sabe que sé defenderme porque mi colección de navajas está en la mesa al lado de la puerta y las llaves, y nunca salgo de casa sin ellas, pero prefiere que no tenga que hacerlo. Salimos de casa, hace frío y hay un poco de niebla. Febo aún no asoma para nada.
Cuando estoy por subir al auto, veo algo en la calle a unos metros. Me acerco para ver si mi astigmatismo no me falla. Era un gato. Lo toco y el rigor mortis me indica que han pasado unas horas desde que la luz abandonó sus ojos. Estaba en una posición a consciencia, ésa pose que hacen los gatos cuando se acuestan al sol, apoyando el mentón en sus patitas. Me entristece y me enternece al mismo tiempo porque pienso en que en sus últimos momentos con vida se acomodó como si hubiera ido a dormir. La temperatura ambiente es fría pero no lo suficiente como para congelarlo. No tenía heridas visibles pero cubierto de tierra, que en algunas partes oscurecía su pelaje. Tal vez murió peleando, como un guerrero. Lo levanto como si fuera un bebé, con cuidado a pesar de lo ilógico que es porque ya no está vivo. Lo coloco con suavidad en la vereda, no tengo como enterrarlo y tampoco quisiera que sus compañeros humanos -si es que los tuvo- se quedaran con la intriga de no saber qué le pasó. Lo único que puedo hacer es quitarlo de la calle, para evitar que los autos y colectivos vandalicen su cuerpo.
Si bien externamente puedo llegar a parecer casi sintético, robótico o artificial, mi interior está muy lejos de eso. Estoy consciente de lo absurdo de la vida, pero soy el Anti Mersault. No soy creyente, pero me persigno e improviso una plegaria por este pequeño. Que sea bien recibido allá donde sea que la vida va cuando termina. Se lo encomiendo a mamá, que tampoco está con nosotros ya. Me subo al auto evitando llorar delante de papá. Quisiera haber podido hacer más.
En el trayecto hablamos de muchas cosas. Sobre todo de la infancia -casi inexistente- de papá. Para él, haber trabajado desde los 4 años es una medalla de honor. Para mí, es un funeral de un niño que tuvo que crecer demasiado pronto y aprendió a internalizar responsabilidades que no le correspondían. Pero no se lo digo, es demasiado tarde para arreglarlo y demasiado viejo para romperle la ilusión de lo único que conoce. Me cuenta sus planes de jubilarse e ir a Islas Canarias y de ahí a la frontera Sirio-Libanesa, el lugar de donde vienen nuestros antepasados. Me dice algo que yo siempre pensé pero no creí que él pudiera apreciar también: querer ser el miembro del clan que rompa con los patrones u obstáculos generacionales. Volver al origen porque nadie más en la familia pudo.
Bajo en la ruta luego de abrazar a papá y me pongo a esperar el colectivo. Me siento pesado y cuando eructo siento el gusto del aceite de las milanesas de anoche. El día aún no ha comenzado y yo ya pasé por todas las etapas del duelo en cuestion de un manojo de horas.
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