De mi cuaderno de Desapariciones: Operativo Oscuridad de Sergio Iriarte
—¡Atención vecinos! ¡Atención! Esta noche se realizará un operativo de oscurecimiento. Se cortará la luz y cada familia deberá cubrir sus ventanas con colchas o cortinas gruesas. No debe verse ni la luz de una vela… ¡abriremos fuego contra las casas donde detectemos luz!
La camioneta pasaba lentamente, repitiendo el anuncio desde un altoparlante que parecía más grande que la noche misma.
—Nuestra seguridad como nación está en juego. Debemos prepararnos para esta guerra -concluía.
Mi hermano y yo éramos apenas niños. El miedo nos apretaba el pecho, pero la curiosidad —esa que sólo tienen los chicos— podía más.
—¿Y si nos subimos al techo? —susurramos, cómplices—. Capaz vemos aviones, helicópteros… soldados.
La idea nos encendió. Y así, mientras el cielo se oscurecía, nosotros esperábamos ansiosos el corte de luz.
Cuando finalmente todo quedó en tinieblas, subimos en silencio al techo de tejas. Nos acostamos boca arriba, conteniendo la respiración. Al principio, nada. Un silencio extraño, casi hermoso. Entonces miramos el cielo: las estrellas brillaban como nunca. Por un rato nos olvidamos de todo. De la guerra. Del miedo. De por qué estábamos ahí.
Hasta que la noche se quebró.
Primero fueron estallidos secos, como si el aire se rompiera. Después, motores acelerando, frenadas bruscas. Sirenas. Muchas sirenas. Y, por encima de todo, el alarido conocido de la sirena del ingenio.
“El operativo para prepararnos para la guerra” había comenzado.
De pronto, las sirenas parecieron venir hacia nosotros.
La oscuridad ya no era un juego: era un abismo. Nos sentimos expuestos, desnudos. Mi hermano empezó a sollozar. Yo no sabía qué hacer. El miedo se volvió algo denso, pesado, que nos aplastaba contra las tejas.
—¿Y si nos descubren? —¿Y si somos nosotros…?
No terminamos la frase.
Las luces de linternas comenzaron a barrer la calle. Potentes. Implacables. No podíamos movernos. Nos pegamos al techo, cuerpo a tierra, como si eso pudiera volvernos invisibles.
Los vehículos ya estaban en nuestra cuadra.
—Ay, Diosito… que no nos vean… —rezábamos en un hilo de voz.
Las tejas rojas, traicioneras, devolvían un leve brillo. Sentíamos que nos delataban.
Las sirenas ensordecían todo. El corazón nos latía en la garganta.
Y entonces los vimos.
Pasaron por debajo nuestro. No se detuvieron. Avanzaron unos metros y se posicionaron frente a la casa vecina, como en una emboscada.
Entraron.
Gritos. Llanto desesperado. Golpes. Muebles que se rompían. Cosas que caían.
El tiempo se detuvo.
Y después, el silencio.
Un momento más tarde, sacaron a un vecino. Lo subieron a un patrullero.
Esa noche entendí algo que de grande tendría nombre: DESAPARICIÓN.
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