Hoy desperté y el ansia que reside en mi pecho dejó frío su lugar. Se ha escapado, y tengo la ligera —gran— sospecha de que ha ido en busca de ti. En un acto cruel, omití su libertad.
El egoísmo se apoderó de mí.
¿Egoísmo o temor? Si acaso existe temor por la carencia de tus besos, entonces me declaro aterrado. Porque no es solo un amable beso en la mejilla lo que me das; en realidad, representa la llave que abre la puerta por donde entra el oleaje. Mi estómago se vuelve (tu) refugio, y tu cariño, un aleteo que danza dentro de mí.
Ese fervor ha impuesto su venganza, obligándome a confesar que la razón de su existencia es nuestra cercanía y los «¿qué pasaría?» sembrados por el instinto de besar tus labios.
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