no escuchas,
ese es tu problema, la razón por la que te quiero tanto pero me abriga el vidrio de mis ventanas y no tus brazos,
no oyes, porque naciste para hablar,
porque siempre ha sido natural que en este suelo ninguna piedra te pare,
porque vives de lo que vives,
porque no escuchas la vida de la mar
¿cuándo escuchas, niño? ¿cuándo además de nunca? si lo que te pido es un oído y un brazo, no la develación del oro blanco que titila en el firmamento, no me hagás sentir sola de nuevo, si lo hacés tendré entonces que escuchar mi propio ruido en esta vorágine de edificios de sol pegachento donde no vive nadie.
déjate escucharme, tú, que no fuiste, enseñado nunca a callar.
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