Veo a la mujer que amo envejecer, lo noto en su piel perdiendo tono, manchandose por el sol. Le insisto y le imploro que use esas cremas que mi hermana le regaló en navidad, pero mi amada es terca y dice que está ocupada, que no tiene tiempo de esas cosas.
El trabajo y la vida la traen a los empujones, cuando lo menciono me pregunta si es porque ya no me gusta…
Quisiera que se lo tome bien, sé que nunca seremos tan jóvenes como ahora, y también sé que si pudieramos, tampoco seríamos los mismos jovenes que éramos antes.
Me estoy yendo y la amo, el cáncer me ha quitado fuerzas y lo único que deseo es que ella sea feliz cuando al fin pueda soltarla. Pienso en que se cuide y rehaga su vida, aunque a veces creo que tiene razón.
Veo reflejado en su rostro el paso de nuestros años juntos y los mediodías de verano en la ruta, en nuestra moto. Hicieron surcos alrededor de sus ojos. Sus ojos color caramelo que siempre lloraban de risa y pronto se inundarán por mi causa. Eso sólo me recuerda que mi tiempo se acaba.
Tiene razón, soy un egoísta, me estoy muriendo e intentando detenerla en el tiempo. Como si sentir su piel tersa y suave fuera a convertirla en un espejo de aquellos años buenos, que ya perdí para siempre.
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