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    Nunca más: relato de un sobreviviente

    Mar 24, 2024

    Nunca más: relato de un sobreviviente
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     Invierno de 1976, Rosario, Argentina.

    Esa tarde hacía frío. Todas las tardes parecían frías, y no era el invierno. Salir a las calles era sinónimo de ponerse hielo en las venas. Hago el esfuerzo, pero por alguna razón, los recuerdos de aquella época están en colores sepia. No voy a mentir, yo no estaba tan informado de lo que pasaba. Sabía, conocía una parte de la historia, me hablaban de una guerra, de un enfrentamiento, pero nosotros, que éramos músicos, poetas y bohemios creíamos que todo aquello no nos podía salpicar los cabellos largos.

    Salí con mi perro Rolo, una vueltita a la manzana, nada especial. Me encontré con Ariel, un amigo, laburaba en el correo y vivía enfrente de mi casa, me invitó a tomar una cerveza, así que metí el perro a la casa, saludé rápido a mi vieja y arrancamos.

    Fuimos para el bar Lourdes, ubicado en Santiago y Mendoza, era el bar de encuentro de toda la barra. Ariel me dijo que nos estaba esperando El Sapo, me alegré, porque hacía un par de días que no lo veía, cabe recordar que en aquellos años, el contacto era exclusivamente en persona. Llegamos al bar, tenía dos ingresos, uno sobre la ochava y el otro por calle Mendoza, entramos por este último, no recuerdo bien por qué.

    Había poco movimiento, al menos eso se podía identificar desde afuera, era raro, pero no pensamos demasiado. Entramos o intentamos entrar, porque al hacerlo nos chocamos de frente con un tipo enorme, pero realmente enorme, y eso que yo era bastante alto, pero este me sacaba una cabeza, nos empujó suavemente en dirección a la calle. Señaló un falcón verde, nada especial, por aquellos años se veían cientos de esos por la calle, lo que si nos chocó un poco fue ver que en el asiento trasero estaba El Sapo sentado y desorientado. Nos metió a Ariel y a mí de prepo junto a nuestro amigo y se fue al asiento delantero del acompañante. A su lado, el chofer, un hombre de gafas y bigote que ni siquiera atinó a mirarnos. El hombre que nos subió al auto giró un poco el espejo retrovisor para mirarnos por ahí, me apuntó de frente,  en ese preciso momento, cuando a través de ese espejo le vi los ojos por primera vez, sentí miedo.

    -¿Cuantos años tenes vos?- me preguntó, intuyendo en mi cara, que era el menor de los tres.

    -18- le respondí.

    -Perfecto, ya sos mayor de edad- el miedo se empezó a multiplicar.

    Metió la mano en la guantera y sacó algo que no llegamos a ver, se lo apoyó en las rodillas. Nos volvió a mirar por el espejo:

    -Bueno, a ver ¿quien fue?-

    Yo era bastante rebelde, no tengo intención de esconder eso, pero rebelde de los inofensivos, del que le respondía a la profe o el que se animaba a llegar borracho a la casa y aguantarse los bifes de la vieja, mis intereses y mis causas no se encontraban en ningún punto con las de aquel sujeto. Inocentemente y viendo que mis amigos ni siquiera levantaban la cabeza, le respondí: -¿quien fue que?-

    Ahí vimos lo que había sacado, era una pistola, la tomó por el cañon, se dio vuelta y me pegó con la culata en la cabeza, no me dio tan fuerte, pero alcanzó para atravesar mi frondoso afro y hacerme sentir el golpe.

    No dijo más nada, no nos preguntó otra cosa, no nos dio tiempo siquiera para entender lo que pasaba, le tocó el hombro al chofer que le dio marcha al Falcon y salimos a toda velocidad por calle Mendoza. Ariel por fin habló: -¿a donde nos llevan?- pero ninguno respondió. El Sapo miraba por la ventana y yo me sostenía del asiento, completamente tieso. El panorama se puso más oscuro cuando llegamos a calle Paraguay y doblamos en contra mano sin disminuir la velocidad. Nos detuvimos en la comisaria segunda de Paraguay al 1100.

    Nos bajaron y nos metieron de prepo en el establecimiento, nadie nos decía nada, tampoco nos animábamos a preguntar. Nos sentaron en una especie de sala de espera, el mismo tipo que nos subió al Falcon agarró a Ariel y lo metió por una puerta a un cuarto que estaba a unos cinco metros de donde nos tenían. El Sapo y yo quedamos al cuidado de un policía de turno que nos vigilaba. Un minuto habrá pasado hasta que empezamos a escuchar los golpes y los gritos de Ariel desde la habitación, la secuencia habrá durado unos diez minutos que parecieron ser dos horas. Lo sacaron, pudimos ver que se lo llevaban a otro sector. Pasaron rápido, pero no advertimos marcas en su rostro. Vino otra vez el tipo y se llevó al Sapo, la escena se repitió. Mientras tanto yo esperaba, con esa sensación de angustia e incertidumbre, cientos de preguntas se me pasaban por la cabeza y todas las respuestas eran negativas.

    Sacaron al Sapo de la habitación, lo llevaron en la misma dirección que Ariel y vinieron por mí, el tipo me levantó con suma facilidad, como una hoja de papel. Me metió en el cuarto, parecía una especie de enfermería, había una camilla y un estante con medicamentos.

    -Sentate ahí- me dijo, señalando la camilla. Obedecí sin cuestionar nada. Yo miraba el suelo sucio del lugar y el hombre caminaba.

    -¿Me vas a decir quien fue o se van a seguir cubriendo entre ustedes?- me dijo mientras se agachaba un poco para encontrarme la mirada.

    -Le digo que no se de que me habla- intenté una vez más explicarle. Pareció no importarle, y me golpeó con el puño cerrado a la altura de las costillas. Me volvió a preguntar: -¿quien fue?- le respondí casi lo mismo pero esta vez con menos aire. Me volvió a golpear, una y otra vez, todas las veces que evadí su pregunta. No sabía como salir de esa situación, ni siquiera tenía alguien a quien incriminar para zafar, porque no sabía de que se nos acusaba, aunque de haber sabido, nunca, jamás, ni con todos los golpes que el tipo me pudiese dar, lo hubiera dicho. Después de varias trompadas (todas en las zonas bajas, intuyo que para no dejar marcas visibles en el rostro) me levantó y me sacaron de la habitación.

    Me trasladaron por un pasillo que desembocaba en un calabozo compartido. Ahí me reencontré con mis amigos, además había tres personas más que yo no conocía y que parecían no conocerse entre ellos. Intentamos tranquilizarnos, al menos estábamos los tres juntos, y si bien los golpes dolían, nos sentíamos enteros. No hablamos mucho, nadie sabía bien que decir. Sin embargo, allí, Ariel nos dijo que el milico le había preguntado por el puesto de diarios de la esquina, al que habían prendido fuego, llenando el lugar de panfletos de Montoneros. Evidentemente estábamos en el lugar y momento equivocado.

    Llegó la noche, me recosté sobre un colchón duro y sucio e intenté cerrar los ojos. Era imposible dormir, tenía el estómago revuelto. Además uno de los presos, el más grande de edad, al cual no conocíamos, caminaba en chancletas incesantemente de un lado al otro de la celda. Pensé que podía ser un caso de abstinencia, pero quizás, los nervios de ese hombre no eran los mismos que los míos.

    Al otro día nos despertaron tres tipos entrando en la celda a los palazos, no nos dijeron nada (una vez más) nos agarraron y nos sacaron de ahí, vi como se llevaban a Ariel y al Sapo para otros lados, nos estaban separando. Ese fue el peor momento, ahí sentí el miedo más grande, no por mí, si no por ellos, por mis amigos. Por primera vez me hice una pregunta que me paralizó: ¿y si esa imagen de mis amigos era la última? ¿Y si no los volvía a ver?

    Me tiraron adentro de un calabozo, esta vez individual. Una tapera, no debía tener ni 3 metros cuadrados, entraba una especie de catre y un tacho de aceite para autos de cinco litros cortado para hacer las necesidades. El techo era bajo y se caía a pedazos.

    El silencio era ensordecedor, no me quería quedar solo con mis pensamientos, porque ninguno era positivo, todos los caminos de mi propia imaginación me llevaban al mismo callejón sin salida. Todas las preguntas tenían la misma respuestas. Nos iban a matar.

    Me trajeron una sopa espesa llena de grasa, no pude probar bocado, además del olor inmundo de aquel intento de comida, mi estómago no estaba dispuesto a dejar pasar ni media cucharada. Pasó un día entero, al menos eso calculé yo por las dos veces que me trajeron la sopa, la celda no tenía ningún tipo de ventilación, y estaba oscura todo el tiempo. Cada vez que me traían la comida le volvía a repetir que yo era inocente y mis amigos también, que no teníamos nada que ver con nada. Pero no me respondían. Al segundo día, rogaba que aunque sea me dirijan la palabra, al tercer día sentía que iba perdiendo la capacidad de comunicarme. La falta de energía y el aislamiento total en ese lugar, me habían doblegado por completo.

    Afuera, nuestros viejos se habían movido, y contrataron un abogado muy importante del barrio, que tenía contacto con los militares. Ese fue el detalle, esa fue nuestra suerte, eso nos diferenció a mí, al Sapo y a Ariel de los demás. Un nombre, un tipo que vivía en la cercanía de nuestras familias y pudo actuar, una persona con llegada, quizás igual de cómplice que nuestros carceleros.

    Al cuarto día, nos acompañaron a la salida. Abrieron la puerta de la comisaría y nos empujaron a la calle. El sol me dejó ciego, no podía ver nada, pero era inmensamente feliz, sentía que teníamos una oportunidad más, que volvíamos a la vida. Aproveche esa ceguera momentánea para confundirla con lágrimas. Una mezcla de alegría por haber sobrevivido y tristeza por saber lo que allí pasaba, por conocer el fondo del pozo y por saber que quizás miles de pibes de mi edad estaban pasando por ese horror, incluso, algunos, mucho peor.

    Fueron 30000. Ese es el número, pudo haber sido 30003, yo lo puedo contar. Todo aquello me marcó para siempre. Hoy, no puedo dejar de valorar mi libertad y la democracia. Hoy voy a festivales de música con mi hijo y veo a los jóvenes bailando y cantando en absoluta armonía y comunión, me sonrio, me alegro en silencio, cada vez que me encuentro con una manifestación popular de amor y libertad, el sol me vuelve a dar en la cara. Los miedos son otros, es cierto, pasan cosas terribles, pero nunca tan espantosas como tenerle miedo a quien debería cuidarte.

    Usaré una vez más, una frase que le pertenece a todo el pueblo argentino: Nunca más.

    Emiliano Oliva

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