La llamada llegó a las 02:17 de la madrugada
Leonor estaba despierto
No por insomnio, sino porque hacía tiempo que dormir se había convertido en una actividad demasiado parecida a morir: cerrar los ojos y quedar atrapado dentro de pensamientos que despertaban más cansados que él
El celular vibró sobre la mesa de luz
Número privado
Durante unos segundos lo dejó sonar
Después atendio
No habló nadie
Sólo respiración
Una respiración baja, irregular, apenas perceptible entre la estática
Leonor se incorporó lentamente en la cama
El departamento estaba oscuro salvo por la luz azulada del router parpadeando en el living.
Afuera llovía. Las gotas descendían por el vidrio con una lentitud hipnótica, como si la ciudad entera estuviera derritiéndose
—¿Hola? —murmuró
La respiración continuó unos segundos más
Entonces la llamada se cortó
Leonor permaneció inmóvil
Mirando el celular
Algo en aquella respiración le había resultado familiar
No reconocible exactamente
Pero sí cercana
Como una canción olvidada que el cuerpo todavía recuerda aunque la memoria no consiga nombrarla
Se levantó de la cama
El parquet crujió bajo sus pies descalzos. Caminó hasta la cocina y abrió la heladera. La luz blanca iluminó el departamento vacío: medio tomate arrugado, hielo acumulado en el freezer y una botella de agua
La cerró sin sacar nada
Desde hacía semanas apenas podía comer
Había días enteros en los que el hambre desaparecía por completo y sólo quedaba una especie de vacío físico, una lentitud espesa instalada detrás de los ojos
Volvió al living
Sobre la biblioteca descansaban decenas de fotografías viejas dentro de cajas todavía sin abrir desde la mudanza
Las había traído hacía ocho meses
Después de Clara
O, más precisamente, después de la ausencia que dejó Clara cuando decidió irse y llevarse consigo la versión de él que todavía sabía reír sin esfuerzo
Leonor encendió un cigarrillo
La lluvia golpeaba cada vez más fuerte contra los edificios
Entonces el celular volvió a vibrar
Número privado
Esta vez atendió de inmediato
Otra vez silencio
Otra vez respiración
Pero ahora había algo más
Una música
Lejana
Distorsionada por la interferencia
Leonor frunció el ceño
Conocía esa melodía
Sintió un escalofrío lento subirle por la espalda
Porque era la canción que sonaba la noche en que conoció a Clara
Un viejo tema de jazz que habían escuchado en un bar casi vacío mientras afuera caía una tormenta idéntica a aquella
La respiración del otro lado se quebró apenas
Como si alguien estuviera intentando contener el llanto
Y entonces ocurrió
Una voz
Muy baja
—Perdón
La llamada terminó
Leonor quedó mirando la oscuridad del departamento con el cigarrillo consumiéndose entre los dedos
No volvió a moverse durante varios minutos
Después caminó hacia las cajas de fotografías
Se agachó lentamente y abrió la primera
Había imágenes de viajes, cumpleaños, cenas pequeñas, veranos junto al río
La felicidad siempre parecía ridícula cuando ya había terminado
Encontró una foto de Clara apoyada contra la ventanilla de un tren
Estaba desenfocada
Sonreía apenas
Leonor sintió algo romperse dentro suyo
No un dolor violento
Algo peor
Una ternura insoportable
Porque comprendió, de golpe, que llevaba meses odiando a alguien a quien todavía amaba profundamente
Y el amor, cuando no tiene adónde ir, empieza a pudrirse adentro del cuerpo
Se dejó caer junto a las cajas abiertas
La lluvia seguía descendiendo sobre la ciudad
Los autos pasaban como sombras líquidas debajo de los semáforos
Leonor observó la foto entre sus manos
Después recordó algo que Clara le había dicho una madrugada, mucho antes de irse:
—La gente cree que lo contrario del amor es el odio. Pero no. Lo contrario del amor es cuando ya no queda nadie para recordar quién fuiste
El cigarrillo terminó de consumirse solo
La ceniza cayó sobre el suelo
Y Leonor entendió que el verdadero duelo no empieza cuando alguien se va
Empieza cuando uno descubre que ya no sabe qué hacer con todo el amor que sobrevivió a la ausencia.
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