Estaba una tarde cualquiera, en nuestro lugar. Ese pedazo de tierra dura al costado de la ruta. Junto al fuego que habíamos hecho con unas ramas, que apenas si calentaba. Levanté la vista: los autos pasando rápido, las luces que se llevaban puesta la noche.
Rodrigo estaba acostado a mi lado, envuelto en unas mantas, abrigado con su campera. La noche avanzaba.
—Che, Mati, ¿te acordás de aquel borracho que tiró la campera? —preguntó Rodrigo, con una sonrisa mientras se envolvía más en la prenda.
—Sí, me acuerdo. El tipo se volvió loco y la tiró.
Partí en dos un pedazo de pan y le pasé la mitad a Rodrigo.
—Tomá.
Rodrigo lo agarró, pero solo lo sostuvo en la mano. Mirando las llamas. La noche estaba particularmente fría, el viento se colaba por nuestra ropa. De repente, un temblor recorrió el cuerpo de Rodrigo. Soltó el pan y se dobló agarrándose el estómago.
—¿Ro? ¿Qué te pasa? —pregunté, levantándome de inmediato.
Rodrigo intentó hablar, pero un golpe de tos se lo impidió. Una tos honda, que sonaba como si se estuviera atragantando. Cuando se incorporó, vi que le costaba respirar, que sus ojos se abrían con desesperación buscando aire que no llegaba.
—No… no puedo… Mati… —jadeó Rodrigo, agarrándose el pecho.
Sentí que el mundo se detenía. Miré a mi alrededor: el fuego, la noche, la carretera vacía y, a lo lejos, las luces de la ciudad.
Sin pensarlo, pasé un brazo de Rodrigo por detrás de su cuello y lo levanté. Mi amigo pesaba muy poco, temblaba y estaba caliente.
—Vamos, Ro. Aguantá. Vamos a buscar ayuda —susurré, con la voz quebrada.
Caminé como pude hasta el borde de la carretera. El asfalto estaba frío y áspero bajo mis pies descalzos. Puse a Rodrigo en el suelo, y me paré en medio de la ruta.
Las luces de un auto aparecieron a lo lejos. Levanté los brazos, haciendo señas. El auto se acercaba rápido. El conductor no frenó. Solo un bocinazo largo y furioso que me obligó a saltar para no ser arrollado.
—¡HIJO DE PUTA! —grité al vacío.
Me giré hacia Rodrigo. Mi amigo temblaba en el suelo, con los ojos cerrados, la respiración cada vez más agitada, un silbido agudo en cada inhalación.
—No, no, no… Ro, abrí los ojos, mira me. Ya viene alguien.
Rodrigo abrió los ojos con esfuerzo. Su mirada vidriosa encontró la mía. Intentó sonreír, en una mueca débil.
—Está bien, Mati. Quédate acá.
Otras luces. Otro auto. Me levanté como un resorte y me lancé otra vez a la carretera, justo en medio. Me paré sobre el asfalto, con los brazos abiertos. Las luces crecieron, cegadoras. El rugido del motor se hizo ensordecedor. No me moví. Cerré los ojos. Y grité, aunque sabía que no me iban a escuchar.
El auto derrapó y se detuvo a centímetros de mí. El conductor, un hombre de mediana edad, bajó el vidrio.
—¡ESTÁS LOCO, PIBE! ¡CASI TE MATO!
—¡MI AMIGO, POR FAVOR! —señalé a Rodrigo—. ¡LLÉVENOS AL HOSPITAL!
El hombre vio mis pies descalzos, luego el bulto en el piso. Dudó unos segundos. Y abrió las puertas traseras.
—¡DALE, SUBILO!
Cargué a Rodrigo como pude. Mi amigo ya casi no reaccionaba. Durante el trayecto, no solté su mano. No dejé de hablarle.
—Ya falta poco, amigo. Vas a ver que te curan. Y te juro que nos vamos de la calle. Los dos…. Aguantá.
Rodrigo apretó mi mano con una fuerza inesperada. Abrió los ojos y me miró.
—Tranquilo, amigo —dijo en un susurro.
Sus ojos se cerraron y su mano quedó floja.
En la guardia del hospital, todo fue rápido y distante. A mí me dejaron en una sala de espera. Un rato más tarde, un médico salió.
—¿Estás con el chico que ingresó?
—Sí. ¿Cómo está?
—Hicimos todo lo que pudimos. Lo siento.
El médico se fue. Me dejé caer de rodillas al piso. Paralizado sin saber qué hacer.
No supe cuánto tiempo pasó hasta que una enfermera me tocó el hombro.
—Tenés que irte, no podés estar acá.
Asentí. Salí del hospital. El sol de la mañana me lastimó los ojos. Caminé sin pensar. Pasé por la panadería de siempre, por la esquina donde a veces dormíamos, por la plaza donde nos conocimos. Hasta que el ruido de los autos se hizo más fuerte. La ruta.
Ahí estaba otra vez. Las marcas de los frenazos de anoche todavía se veían en el asfalto. Dos rayas negras. Las miré un rato. Después caminé hasta el rincón. El fuego ya no humeaba, solo brasas. Y la campera de Rodrigo, tirada en el suelo.
Me la puse. Y me senté en nuestro lugar. El tiempo seguía pasando.
El temblor empezó desde adentro. Era seco, profundo, que me sacudía los huesos. Mis manos sobre las rodillas no dejaban de temblar. Pero los ojos seguían secos.
El sol fue cayendo. Las horas pasaron. Los autos pasaban. Todo seguía.
Me quedé ahí golpeando la piedra. Mirando mis manos ensangrentadas. De rodillas, quieto. Mientras tapaba mi cara. Y la noche seguía.
Entonces recordé. Busqué en la bolsa. El aerosol. El que habíamos encontrado hacía semanas. El que Rodrigo había guardado. Prometiendo que lo usaríamos juntos para dibujar los muros de la calle.
Me levanté. Caminé hacia el puente, justo al lado de la carretera. Agarré el aerosol. Lo agité. El sonido de la canica dentro fue lo único que rompió el silencio.
Y empecé a escribir.
«MATÍAS Y RODRIGO»
Dejé caer la mano. Miré las letras. Me apoyé contra la pared y me deslicé hasta quedar sentado en el suelo. La campera de Rodrigo me abrigaba. El olor de él me envolvía.
—Bueno, amigo —susurré—. Tu nombre y el mío van a estar acá. En esta maldita carretera. Donde vivimos. Donde moriste. Donde….
Me quedé en silencio. El ruido de los autos pasando.
—Y quién sabe —continué, más bajito—, quizás en otra vida pueda encontrarte. En una donde tengamos mejor suerte.
Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla.
—No te perdono por irte. ¿Escuchaste? NO TE PERDONO.
Hice una pausa. Mirando la nada.
—Pero qué más da. Descansá, amigo. Nos vemos pronto.
Apoyé la cabeza en la pared, justo debajo de su nombre. Cerré los ojos. El frío de la noche me envolvió. Los autos seguían pasando. Y yo me quedé ahí, abrazado a la campera de mi amigo, esperando que el sueño me llevara a un lugar donde Rodrigo todavía estuviera vivo y los dos pudiéramos, por fin, estar en paz.
© Alba Morpho

Alba Morpho
Poeta argentina 🇦🇷✨️ Poesia para los que están cansados del café tibio 🥀🎇♥️ Albamorpho.oficial@gmail.com
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