La muerte se siente como caer de espaldas al concreto,
y sentir el crujido de tu garganta en las estrellas,
mientras lucho para que el viento no se lleve mis ojos
al momento en que los cruzaba contigo.
La vergüenza de extrañarte a mi lado
me talla las manos.
Cuando te pienso, las alivio con las lágrimas
que sé que no me hubieras quitado.
Lamento ser quien soy,
porque ahí se perdió tu nombre,
en la nebulosa de un ser incompleto
que no estaba listo para amar,
siquiera a sí mismo.
Y hasta que lo encontré, no viví realmente,
y ya comprendo esto muy tarde.
Lamento llorarte y extrañarte así;
no puedo presumir de haberte honrado en vida,
aunque así quizás te hubieras marchitado hasta el invierno.
Sigo creyendo que fue muy pronto,
y aun así,
no te hubiera podido ver igual si estuvieras aquí.
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