Me lo recomendó una amiga lectora, de esas que navegan por esta corriente literaria. Sin embargo, fue a través de otra amiga que obtuve el libro en mis manos. La obligué a que ese fuera mi regalo de cumpleaños de 2026.
De primeras, parecía que todo giraría en torno al ajedrez, que quizá no lo disfrutaría porque tengo un conocimiento nulo sobre este juego. Pero recordé que, si mi amiga lectora, con quien coincido en conversaciones psicológicas, me lo había recomendado, era porque iba más allá de la carátula del libro.
Esta novela me atrapó de primeras, con una prosa que disfruté y con distintas formas de describir un mismo comportamiento humano. El tablero de ajedrez solo era una referencia, un instrumento, un elemento casi secundario que usó Stefan Zweig para adentrarse en la psicología humana. Era inevitable sentir lo que el doctor B. sentía. No era fantasía. Cualquier ser humano podía atravesar esas situaciones; cualquier mente humana podía experimentar esos desbordes psicológicos, llegar a las conclusiones del doctor B., y eso hace que la novela conecte con uno. Y, si amas la introspección, también amarás esta novela.
La frase que resalto: «Es sabido que no hay cosa en el mundo que produzca más presión en el espíritu que la nada.»
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