No alcanzaba a comprender qué ocurría cada vez que me dejaba llevar por los excesos, por esa vida bohemia, despreocupada y, en el fondo, autodestructiva. Había instantes en los que dejaba de habitar mi propio cuerpo y algo ajeno parecía ocuparlo: Una sombra retorcida, incapaz de amarse a sí misma o al otro, que me tomaba prestada en esos estados alterados de conciencia; y que, al devolverme, dejaba en mí un rastro que seguía latiendo; me encontraba llorando, pidiéndome perdón por haberme traicionado, por haberme apartado de esa inclinación hacia lo ascético, hacia el autoconocimiento y la sabiduría. Por haber olvidado, aunque fuera un instante, quién soy cuando estoy lúcida.
“Que esas ganas de disolverme encuentren otros cauces, otras formas de atravesarme sin desatar la furia de ese demonio que, de vez en cuando, es llamado y me visita pero que en mi casa no es bien recibido… y quizá por eso llega cargado de una rabia antigua; no solo actúa, sino que arrasa y me deja con las manos vacías.” Repetía mentalmente, casi como en oración.
A menudo me pregunto cuál de las dos soy yo: si esa sombra que irrumpe y actúa de forma desmedida o esta conciencia que habito la mayor parte del tiempo. Pues en la vigilia, haY una voz que insiste en apropiarse de todo mi ser, susurrándome que mi naturaleza debe responder a una lógica casi divina, sagrada, donde lo blanco pretende ser respuesta a todo, negándose a abrirse a los matices, a la escala infinita de colores.
¿Fui ingenua al creer que en mí solo habitaba el blanco? ¿Que mi naturaleza respondía únicamente a la bondad? Tal vez estaba forzando una mirada que ni siquiera le pertenece a lo humano: eso que puede ser profundamente luminoso, pero también inquietantemente retorcido. Sin querer, pude parecer pretenciosa al creer que mi naturaleza era buena y pura, como esa concepción casi virginal; casi sagrada; que me fue inculcada. Pero junto a esa imagen también existía otra: una figura oscura, diabólica, que empuja a destruir y a destruirse, cuyo impulso oscuro roza con el abismo y coquetea con la ausencia y con el exterminio, pero que había sido relegada a lo más silencioso, a lo mas recóndito de mi mente.
La oculté tanto tiempo que terminó volviéndose irreconocible, cargada de todo aquello que no me permití ser. Y quizá no era que no perteneciera a mí, sino que nunca le di un lugar donde existir sin tener que deformarse.
Y entonces en momentos donde quedo tan reducida casi que a la nada y de donde cada vez es mas difícil levantarme, llega la pregunta, ¿cómo integrar esa sombra?, ¿cómo mirarla sin negarla?, ¿cómo hacerle un lugar sin que tenga que irrumpir como un desbordamiento? ¿Cómo abrirle paso para que no estalle en mis fisuras, para que no salga en mis momentos más frágiles a llevarse todo, dejándome después a mí, a mi conciencia, recogiendo los restos, sosteniendo el peso de lo que desata? ¿Cómo hacerle frente a aquello que insiste en mantenerse pero al mismo tiempo anhela el desintegrarse?
Tal vez no se trate de expulsar ese demonio que aparece sino de aprender a reconocer su lenguaje y sus formas antes de que grite, de acercarme cuando aún susurra. De acogerlo como a un niño herido y abrazarlo porque al no haber sido amado ni aceptado, se volvió rebelde e insostenible. De entender que también nace de mí, aunque me duela, aunque me contradiga.
Otro cuestionamiento ha sido sobre si acaso esto le ocurría a alguien más. Y entonces llegaba a dos posibles respuestas. Tal vez no todos descendían a este nivel de conciencia, a esta forma casi dolorosa de mirarse, y permanecían en el arquetipo del lego y en este caso, de aquel que vive alejado o incluso desconectado de sí mismo, hasta el punto en que su propia naturaleza no lo inquieta, no le exige preguntas, no toca esas hendiduras del alma. O quizá-me respondía a mi misma-simplemente se sienten cómodos en una postura; luminosa u oscura y eso les basta. No los desvela ni los obliga a habitar la contradicción.
Pero cuando me encontré con El lobo estepario de Hermann Hesse, algo se develó, se ordenó por primera vez. En esa mirada que oscila entre lo ascético y lo superfluo, entre la elevación y el abismo, no pude más que reconocerme. Sus palabras se inscribieron en mí como si siempre hubieran estado allí, esperando ser nombradas.Resonaron con mi vida, con mis búsquedas, con esa crisis que no cesa y con las preguntas que no encuentran reposo. Y por primera vez, no me sentí sola en ese extravío.
Quizá no era iluminación, ni exceso. Quizá era simplemente humano.
Y en ese reconocimiento y en esa silenciosa compañía, sentí que aquellas palabras no eran solo literatura, sino una revelación: fragmentos del libro invisible de las verdades humanas, esas que toca descubrirlas y vivirlas por si mismos, que toca escribir solos...
Y que, tal vez, no se trata de elegir entre la luz y la sombra, ni de expulsar aquello que incomoda, sino de aprender a sostener la tensión entre ambas sin que ninguna lo tome todo. Ser el lugar en donde ambas fuerzas se encuentran, se contradicen y con suerte, aprenden a no devorarse.
Y que quizá, solo así, mirandola de frente, esa sombra deje de poseerme.
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