El hábito de juntar en las notas de mi celular lo que pienso y lo que siento, pero sobre todo lo que callo, para finalmente convertirlo en un hilo infinito, invisible e insoportable de textos que se multiplican, como esas bolsas que guardás adentro de otra bolsa sólo por si acaso, y el día que ya no entra una bolsa más te preguntás: ¿para qué guardé tanto? (mis paradojas, mis traumas).
Y pienso: no es el dispositivo el que me avisa que no hay más espacio para seguir depositando pensamientos en el éter tecnológico; soy yo misma la que se alerta cuando veo que todo lo que analicé la semana pasada, todo lo que pensé hace 3 o 6 meses, sigue ahí, estático, ensombrecido y expectante a que lo rescate y lo suelte. Porque tengo la sensación de que, al contarlo, de alguna forma deja de ser completamente mío. Como si soltar absolutamente todo lo que escribo hiciera que no siga encerrada en todo lo que pienso.
Espero que este sea mi punto de partida.
(No, no necesitás tantas bolsas.)
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