Dicen que la nostalgia puede llegar a matar. Cuando crecemos extrañamos el pasado, y se agranda tanto y tanto dentro nuestro que consume el corazón. A medida que pasan los años, se vuelve peor, y envejecer se convierte en una condena de muerte por la tristeza que trae el dejar atrás el pasado. ¿Pero entonces qué puede esperar alguien que ya vive esa nostalgia desde siempre, que vive sumido en la melancolía desde que tiene memoria, anhelando un pasado que nunca existió, y temiendo un futuro que no podía imaginar que llegara a existir? Todos eventualmente son conscientes del pasado, y es entonces cuando la nostalgia ataca, los toma rehenes y crece año a año. ¿Pero qué hay de aquellos que no hubo momento de la vida en la que no fueran conscientes de ella? Aquellos que siempre vivieron bajo su sombra, desde niños, sabiendo desde el principio que algún día todo se acabaría y temiendo que el resto de sus días sea el último. ¿Los mata también, pero más jóvenes? ¿Entender la muerte en realidad los deja vivir y sufrir el doble? ¿Acaso nunca van a sentir la luz más allá del sol de invierno que vive en los recuerdos? Quizás es una maldición. Una maldición que los fuerza a revivir día a día la muerte de sus seres queridos que siguen vivos, que los lleva a tener que enfrentar cada mañana una marea de recuerdos sin forma, recuerdos tan viejos que no tienen ninguna imagen más que una idea de lo que fueron. Una maldición que los condena a morir en vida, y a vivir el resto de sus días muertos, esperando a que los lleve el viento.
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