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Nos pasó algo enorme sin que aparentemente haya pasado nada

Mila

Sep 1, 2026

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La incertidumbre tiene una crueldad particular: convierte cualquier posibilidad en evidencia.

Cuando no existe una verdad pura contra la cual contrastar los pensamientos, hasta la hipótesis más absurda puede sentarse tranquilamente a la mesa y exigir ser considerada.

Y yo considero todo. Mi cabeza no tiene límites.

Es agotador.

Una verdad, incluso una verdad horrible, tiene bordes. Tiene principio, causa, consecuencias. Tiene un fin. Podés odiarla, discutirla, intentar arrancártela del cuerpo. Pero eventualmente existe un lugar donde apoyar el dedo y decir: fue esto.

En cambio, la incertidumbre no tiene forma. No tiene punto de partida. Mucho menos una conclusión.

Se expande exactamente hasta donde llegue la imaginación de quien intenta entenderla.

Mi mente tiene pésimos modales.

Hasta hace poco había conseguido imponerle un límite: Construí al cobarde.

La gravedad. La batalla. La vocación de naufragio. La renuncia como alternativa infinitamente más sencilla que la transformación.

Era una explicación dolorosa, pero perfectamente funcional. Al menos para mí.

Tomé su discurso, lo crucé con los hechos que tenía delante y construí la única conclusión que me permitía seguir confiando en sus palabras. 

“No se siente suficiente.

No se siente a la altura.

Cree que es una carga para mí.

Cree que merezco algo mejor.”

Una lógica bastante irritante para quien nunca pidió ser salvada. Pero lógica al fin.

El verdadero problema fue alejarme apenas unos metros de mí misma y mirar la escena desde afuera. Yo, que pensaba que no podía existir algo peor que la rendición:

¿Y si ni siquiera la explicación que conseguí construir es la verdadera?

Porque desde afuera esa escena tiene fallas.

Dos personas están bien. Ambas dicen que están bien. Dos personas son felices. Ambas confirman haber sido felices. No existe una pelea definitiva. No existe una acumulación insoportable de desencuentros. No existe, al menos que yo conozca, una traición capaz de reorganizar retrospectivamente la historia.

No encuentro el acontecimiento proporcional a las ruinas.

Pero sin embargo, acá están.

Yo podría comprender el desamor.

Podría comprender que alguien se enamore de otra persona. Podría comprender el cansancio, el hartazgo, incluso una verdad miserable dicha demasiado tarde.

No digo que pudiera perdonarlos, pero sí comprender la relación entre causa y consecuencia.

Lo que no consigo comprender es esta matemática:

Te amo. Era feliz. No quiero hacerte daño. Por eso me voy.

Hay algo defectuoso en la ecuación. Hay ruido.

Hoy tengo un cadáver, pero no encuentro el arma.

Hay escombros, pero nadie escuchó la explosión.

Estoy parada frente a los destrozos, pero no encuentro qué los produjo.

Hay una falla en que alguien que no soy yo intente decidir qué es lo que necesito.

No soy una rehén pidiendo auxilio con los ojos.

No necesito que alguien tome por mí la decisión heroica de salvarme de un otro que yo misma estoy eligiendo.

Hay una ironía de fondo en que ni siquiera exista al menos la remota posibilidad de preguntarme qué considero mejor para mí.

Pero mi respuesta no modifica el resultado.

Y entonces la lógica se termina. Ahí empiezan las posibilidades.

¿Y si dejó de amarme y no puede decírmelo?

¿Y si ocurrió algo que desconozco?

¿Y si existe alguien más?

¿Y si llevaba meses viviendo una versión de nuestra historia a la que yo nunca tuve acceso?

¿Y si sus lágrimas son culpa?

¿Y si son amor?

¿Y si realmente cree cada palabra que dice?

¿Y si estoy buscando una mentira simplemente porque la verdad que me ofrece me resulta demasiado absurda?

¿Y si no hay nada escondido?

¿Y si hay muchísimo?

Puedo seguir. La incertidumbre no tiene bordes.

Ese es precisamente el problema.

Puedo seguir para siempre.

Porque cuando no existe una respuesta, tampoco existe un límite para las preguntas.

Cada hipótesis abre otras cinco. Cada recuerdo sirve simultáneamente para demostrar una cosa y su contraria.

Una mirada significa que todavía me ama. La misma mirada, examinada tres horas después, podría significar culpa.

El silencio puede ser dolor. También indiferencia. También miedo.

También cobardía. También respeto. También otra persona.

También absolutamente nada.

Estoy haciendo semiótica con un cadáver.

Y lo peor es que siempre fui buena encontrando sentido. Menos ahora.

Mi razón de ser pasa bastante por eso: observar el caos hasta descubrir la estructura escondida debajo. Empujar las cosas hasta que encajen.

Hay una soberbia particular en creer que todo puede comprenderse si una piensa lo suficiente.

Yo la tengo.

Así que pienso.

Y cuanto más pienso, menos sé.

Cuanto menos sé, más pienso.

Una máquina perfecta.

La vida cotidiana consigue interrumpirla.

El mundo físico es mucho más amable: algo está sucio, se limpia. Algo falta, se compra. Algo vence, se paga. Algo se rompe y, con suficiente suerte, se repara.

Después se hace silencio.

Y para mi pregunta Google todavía no inventó una respuesta:

¿Qué carajo pasó con nosotros?

Por momentos parece que nada.

Que simplemente estamos ocupados.

Mi cuerpo todavía espera algunas costumbres antes de recordar que ya no existen.

Mi sistema nervioso necesita desaprender a esperarte.

Por momentos la ausencia se vuelve tan concreta que parece ridículo haber pensado que esto podía no ser un final. Todo cambia de forma dependiendo de la hora desde la que lo mire.

Hasta el lenguaje se vuelve incómodo.

Cuando alguien pregunta por él, no sé qué verbo corresponde. No sé cómo explicar algo que no sé explicar.

Y hay una humillación diminuta en tener que improvisar una respuesta socialmente digerible y con la puerta lo suficientemente abierta por si acaso vuelve, para una pregunta que en privado me está partiendo al medio.

¿Qué pasó?

Excelente pregunta.

También me gustaría saberlo.

Una verdad espantosa seguiría siendo una verdad.

Tendría peso.

Forma.

Una coordenada exacta sobre la cual apoyar el dolor. Apoyarme.

“Esto fue así”

Podría llorar una traición.

Podría llorar el desamor.

Podría llorar haberme equivocado durante dos años.

Podría llorar que apareciera alguien más.

No quiero ninguna de esas cosas.

Pero sabría qué estoy llorando.

Hoy ni siquiera tengo ese privilegio.

Hoy tengo dos personas.

Tengo a la persona que conocí durante dos años y a la persona que tengo enfrente ahora.

Y no consigo superponerlas.

Eso abre más preguntas que preferiría no haber descubierto.

¿No lo conocía?

¿Cambió?

¿Está atravesando algo que no alcanzo a ver?

¿La persona que conocí sigue ahí?

¿Y si la versión que yo consideraba verdadera era solamente una versión?

Dos años deberían alcanzar para conocer a alguien.

Escribo deberían porque últimamente desconfío incluso de las cosas que hasta hace un mes me parecían obvias.

Ahí es donde la incertidumbre empieza a volverse verdaderamente hija de puta.

No se conforma con quitarte la explicación del presente.

Empieza a comerse el pasado. Se llevó la felicidad que creí vivir.

Si no entiendo quién tengo enfrente ahora, mi cabeza vuelve hacia atrás y revisa todo.

Las conversaciones.

Los gestos.

Las promesas.

Las mañanas.

Las noches.

La cotidianeidad más estúpida.

Busca pistas que quizás nunca existieron.

Reescribe escenas que estaban perfectamente quietas hasta que necesité interrogarlas.

Y de repente no solamente desconozco qué está pasando.

Empiezo a preguntarme qué pasó.

Es distinto.

Hace falta muy poco para que una pregunta sobre el presente contamine todos mis recuerdos.

Tal vez por eso necesitaba tanto al cobarde.

El cobarde preservaba nuestra historia. El cobarde era el amor que elegí.

Podía pensar que todo había sido real y que, llegado el momento, simplemente no tuvo el valor de sostenerlo.

Era doloroso.

Era cruel.

Pero mantenía intacto el pasado.

Las preguntas de ahora amenazan con algo mucho más grande:

¿Y si ni siquiera está pasando lo que creo que está pasando?

No sé si existe una verdad escondida o si hay algo que todavía no me contó.

No sé si su explicación es exactamente cierta y mi incapacidad para comprenderla es simplemente eso: mi incapacidad.

No sé si estoy buscando complejidad porque la respuesta simple me parece insuficiente.

No sé.

Y odio profundamente no saber.

Porque puedo hacer algo con el dolor. Puedo manejarlo, escribirlo, convertirlo en rabia, trabajar hasta no sentirlo. Puedo transformar casi cualquier cosa en movimiento.

Pero no sé qué hacer con una pregunta sin respuesta.

No se puede discutir con una pregunta. No se puede perdonar una pregunta.  No se puede abandonar una pregunta.

Ni siquiera se la puede llorar correctamente.

Solamente queda pensarla.

Y pensarla.

Y pensarla.

Hasta descubrir la ironía más desagradable de todas:

que después de haber dedicado tantas palabras a intentar entender por qué alguien puede rendirse frente a aquello que ama,

quizás todavía no entendí absolutamente nada.


Mila

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