La ciudad se recoge poco a poco,
como quien se quita los zapatos
al llegar a casa.
Las luces siguen ahí,
pero ya no gritan,
susurran.
En las ventanas hay mesas preparadas,
copas que esperan,
sillas que guardan ausencias.
Algunos llegan tarde,
otros llegan justos,
y hay quien no llega,
y hay quien espera
un milagro de la Navidad.
Las calles huelen a frío
y a promesas al aire,
a cenas compartidas,
a abrazos que duran hasta la despedida.
Las familias se buscan,
se perdonan,
se miran distinto
cuando la noche se vuelve importante.
Dentro, el tiempo se detiene.
Una risa rompe el silencio,
una mano se posa sobre otra,
alguien brinda sin saber muy bien por qué.
No todo es perfecto,
pero todo es real.
Y en medio de esa noche,
tan frágil y tan eterna,
la magia no aparece de golpe:
se cuela despacio
en los recovecos del alma,
en los gestos pequeños,
en quedarse un rato más,
en no mirar el reloj.
Feliz Nochebuena a quienes esperan.
Buenas noches, Nueva York.

Blanca Bermúdez
Escribo para sacar del alma lo que no se puede decir en voz alta. Gracias por leerme. Quédate. Comenta.
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