No volveré a ver a mi profesor de inglés.
Pero, en realidad, no sé quién es.
Se le escapan fragmentos de su vida, y cada clase estaba llena de datos que yo ignoraba; uno que otro me parecía interesante.
Es triste, de una forma rara, saber que no lo volveré a ver. No porque fuera mi amigo, ni porque fuera el mejor profesor que he tenido, ni tampoco porque haya disfrutado cada clase. Por el contrario, muchas veces anhelé que ya se acabaran. Pero, aun así, ahora que llega el final, se me escapa de las manos este tiempo dedicado, como un eco no de la pérdida actual, sino de todo lo que ya he perdido.
No lo volveré a ver, ni a él ni a nadie de aquí. O, peor aún, nos olvidaremos de tal modo que, incluso al volver a encontrarnos, seremos irreconocibles el uno para el otro: simples desconocidos. Fueron tres meses; tampoco fue una vida. Pero, insisto, no se trata del amor o del aprecio hacia este tiempo. No creo que lo que siento sea único o especial; muchos habrán sentido algo similar.
Trato de pensar qué fue lo que más aprendí, pero escasean las palabras. Quizás la mayor lección fue aprender a descansar de verdad y a no sobreesforzarse. En parte, lo mejor que tenían estas clases era esa capacidad de expresarnos: podíamos contar una historia, dar una opinión o plantear una crítica. Algo necesario había en estas clases para mí, pero tampoco debemos ser tan mediocres como para tolerar lo malo a cambio de un poco de bienestar.
Las clases no fueron horribles, ni mucho menos, pero tampoco puedo decir que hayan sido un gozo. He ahí, tal vez, algo que otros pensadores dijeron antes que yo: la vida en sí misma no es placer, pero no por ello deja de valer la pena.
Así como no volveré a verlo, hay muchos lugares a los que tampoco regresaré: quizá porque se me negó el acceso, quizá porque ya no existen o quizá porque soy un gigante del tamaño de un libro. Uno puede crear nuevos espacios a partir de las experiencias pasadas, por lo que no creo que todo sea fatal ni completamente inalcanzable. Sin embargo, nada permanece bajo la misma esencia.
Extrañaré, en parte, el deseo de anhelar el final; creer que estaba muy lejos e imaginar que sería una versión mejor de la que tal vez termine siendo. Pero no hay mayor terror para el corazón que no poder volver sobre uno mismo; desear regresar hasta querer arrebatarle al pasado el camino que alguna vez fue nuestro.
Me despido de aquel a quien, en realidad, no conocí. Me despido de aquel a quien tampoco conoceré.
Nunca te vi, ni nunca te veré.
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