mobile isologo
buscar...

No tengo nada importante para decir

May 26, 2026

42
No tengo nada importante para decir
Empieza a escribir gratis en quaderno

Durante años, cuando me preguntaban a qué me dedicaba, decía “preparo chicos para rendir el ingreso al Belgrano” y lo sentía como una pavada.

No como un trabajo sino como algo provisorio. Como algo que iba a dejar en cuanto encontrara algo mejor.

Empecé a los 20 para pagarme mi viaje de egresados y el maquillaje de mi cena. Vengo de una familia grande que siempre vivió de un solo ingreso y nunca sobró nada. De hecho, siempre faltaba. Así que la única forma de pensar en la idea de irme de viaje era si conseguía la plata por mi cuenta. Daba clases en el escritorio de mi habitación. Sin plan, sin marca, sin idea de que eso podía convertirse en algo. Y por mucho tiempo, en mi cabeza, no lo fue.

Lo comparaba con otros emprendimientos y el mío siempre parecía menos. Menos tangible, menos serio. Las personas que vendían ropa, las que hacían tortas, las que organizaban eventos — eso se veía. Se mostraba. Tenía forma. Lo mío era... ¿qué? ¿Clases particulares? ¿En mi casa?

En algún momento de 2022 tuve un grupo de chicos que fue un caos: no podía con todos, estaba saturada, y de hecho, no ingresaron tantos como yo esperaba. Decidí que era el final. Conseguí trabajo en una oficina, nueve horas, sueldo fijo. Llegaba a casa y me desenchufaba.

No la pasé bien.

De lunes a viernes no tenía vida, y cuando llegaba el fin de semana no quería saber nada con salir.

Volví a dar clases casi sin darme cuenta. Primero de a poco, después con todo. Se sentía mi lugar seguro, me sentía valorada, era mi forma de recargar energías.

Y encima, en 2024 me recibí de Licenciada en Comunicación Social, después de cinco años. Y en vez de sentir que había llegado a algo, sentí que había llegado a ningún lado. Que había estudiado todo ese tiempo para seguir haciendo exactamente lo mismo que en 2018. Que la carrera y el emprendimiento eran dos cosas separadas que no tenían nada que ver entre sí, y que ninguna de las dos alcanzaba.

Lo que fue cambiando la mirada no fue un momento sino varios, todos juntos. Una amiga que me repetía que lo que hacía tenía muchísimo potencial y que no lo estaba viendo. Mi novio, que me contaba que la gente con la que hablaba le decía que era re loco lo que yo hacía — y yo no entendía de qué hablaban. Una psicóloga con la que trabajé casi un año y que me ayudó a ir desenredando qué quería realmente.

Y una frase de mi papá, simple, directa, casi irritante en su obviedad — y sin embargo fue la que cambió todo:

“¿Y por qué no lo tomás como un trabajo de verdad como cualquier otro, y ya?”

Eso fue todo. No hubo epifanía, no hubo un antes y un después dramático. Solo esa pregunta quedando en el aire hasta que empecé a no tener una buena respuesta para ella.

Entendí también algo que me liberó bastante: que no tiene que ser esto para siempre. Que puedo tener el emprendimiento como algo seguro y estable mientras voy haciendo otras cosas, mezclando, probando. Que no es una condena ni una identidad fija — es una base.

Hoy, en 2026, me mudé de la casa de mis papás y me fui 20 días de vacaciones a Italia. Voy al gimnasio, me pago la terapia, llevo a mis hermanas al cine, me doy mis gustos cuando quiero. Todo con el mismo “preparo chicos para rendir” que durante años sentí que no contaba.

No cuento esto para presumir. Lo cuento porque me llevó demasiado tiempo creer que mi historia valía algo. Y si hay alguien que está mirando lo que hace y pensando que es poco — que no escala, que no se entiende, que no es un trabajo de verdad — capaz que esto le sirve de algo.

A veces eso que tenemos para decir no es algo extraordinario. Quizás ya fue dicho mil veces. Pero no desde acá, no con esta historia, no con esta voz. Y eso, creo, es suficiente razón para empezar.

Bitácora de una mente inquieta

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión