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Capítulo 1
Donde empezó todo
No empezó con un hecho puntual.
No hubo un día exacto en el que pueda decir: acá cambió todo.
Lo que sí hubo fue un desgaste lento, silencioso, casi invisible.
Yo funcionaba.
Trabajaba, hablaba, cumplía horarios, estaba presente.
Por afuera parecía normal.
Por adentro no.
La cabeza era un ruido constante.
Preocupaciones, bronca, culpa, pensamientos que se repetían como un eco.
Nada grave por separado.
Todo junto, insoportable.
Vivía reaccionando.
A las personas, a los problemas, a la vida.
No elegía cómo sentirme: simplemente pasaba.
Y casi siempre pasaba mal.
Había una sensación de fondo que no sabía explicar.
No era tristeza.
No era enojo permanente.
Era algo más raro: como estar siempre tenso, incluso cuando no pasaba nada.
Con el tiempo empecé a notar algo:
no eran tanto las cosas que me pasaban…
era cómo mi mente las contaba.
Un error se volvía una película.
Un problema se volvía una amenaza enorme.
Un recuerdo se volvía una condena.
Yo no veía eso en ese momento.
Solo sentía el peso.
Hasta que un día, sin buscarlo, apareció una pausa.
No fue una revelación mística.
No fue un discurso motivacional.
Fue un segundo de silencio interno.
Por primera vez noté que había pensamientos…
y que yo los estaba mirando.
Eso fue raro.
Muy raro.
No era pensar.
Era observar.
Como si la cabeza hablara
y yo estuviera un paso atrás escuchando.
No duró mucho.
Pero fue suficiente para dejar una pregunta:
¿Y si no soy mis pensamientos?
Esa pregunta fue el verdadero comienzo.
No cambió mi vida de golpe.
Pero abrió una grieta.
A partir de ahí empecé a ver cosas que antes no veía:
que muchas reacciones no venían de lo que pasaba,
sino de lo que yo interpretaba.
Que el sufrimiento no siempre venía del hecho,
sino del relato interno sobre el hecho.
Y que había algo en mí
que podía mirar todo eso
sin quedar atrapado.
No sabía qué era.
No tenía nombre.
No tenía teoría.
Solo tenía una sensación:
cuando estaba ahí, en ese lugar de observador,
todo pesaba menos.
Ese fue el principio.
No del cambio total.
Sino del camino.
El día que entendí que no tenía que arreglar la mente,
sino dejar de creerle todo.
Ahí empezó todo
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