El apasionado por que la vida sea digna de su día a día, que cada mañana sea deseada así como la anterior, tan así que pueda simplificarse con una sonrisa. El apasionado que anhela a la tierra cubriendo sus pasos, aquel recorrido que solo él puede sentir, y que los detalles no pueden siquiera presentar una idea clara al espectador. Este mensaje no debe ser profundo, ya que es bastante palpable; tanto como una niebla densa que habita en cada ser, y que se adhiere por tanto tiempo que se hace parte de ti. Es aquí donde la narrativa se vuelve inconclusa, porque aquel que escribe para que la ansiedad no lo domine es aquel que quiere seguir en el laberinto con el minotauro, el dice que desea escapar pero la salida se lo niega mientras que su mente le dice ¿“Que harás cuando salgas”?. Donde hay ansiedad hay temor, hay un frío incontrolable y en su mayoría de veces, extraño. Donde hay ansiedad hay desconfianza, no porque al apasionado le hayan jugado una mala pasada, o que aquel a que el apasionado amó y creyó lo haya engañado, es simple y sencillamente el instinto humano, o tal vez sea aquel trastorno que negamos tener, más aún cuando uno mismo concluye en tal idea. Por otra parte, la ansiedad debe ser en cierto aspecto algo positivo, y si, lo sé, no hay nada de positivo con aquel estado que te priva de todo raciocinio, pero no te preocupes, como dicen los nativos, “let me break it down for you”. Esa ansiedad que crees que está ocupando un espacio que cualquier otra emoción podría cubrir sin ningún problema, es aquella que podría estar advirtiendo ciertas cosas que tú, ignoras. Por ejemplo, tu primer día de trabajo, días previos decidiste presentar documentación que debía impresionar o al menos alertar al entrevistador/a de algún posible buen elemento que la empresa debería considerar. Para tu sorpresa, te aceptaron, y con eso empezó ese sentimiento que ahora redacto, al día siguiente preparaste lo que necesitabas porque la jornada que venía sería tan pronta como la idea de conseguir el trabajo que te ayudaría con las dificultades que tanto tú como la familia pasaban. El día llegó y tu corazón decidió acelerar el ritmo en el que tu cuerpo trabajaba, porque a pesar que intentas convencerte que no sería difícil, cada célula de tu cuerpo decidió no obedecer como cuando solías ser un pequeño en un hogar grande. Aquella persona que coordinaría tu jornada de seis horas estaba tan estresada como tú, la gran diferencia fue que no pudiste notarlo, el/ella era parte de la rutina, tú solo un neófito. De cualquier forma, dejando de lado la triste realidad que pasas, te sumerges en tus labores cómo cuando era hora de anotar lo que el maestro dictaba, o cuando lo que dictaba no era suficiente y tenías que agregar otro recurso didáctico para que tu cerebro y las páginas de tu cuaderno estuviesen llenas. Pasan las horas y cometes tu primer error, algo que para sorpresa de nadie, esperabas cometer. Sin embargo, quien sea que haya sido ese ángel que coordinaba tu andar no tuvo la fortaleza de corregirte con tanta agresividad, como a la que ya estabas acostumbrado. Supiste controlar aquel “sentimiento” y seguiste con tus labores, llega la hora de volver a tu hogar, te subes al ómnibus y esperas llegar a casa con una buena actitud para que sepan que tuviste un buen primer día. Tus primeras palabras refieren a un cordial saludo que por supuesto sabes de memoria, como muestra de respeto que existe en cualquier jerarquía de hogar. Tus padres te preguntan sobre tu día, evades el brindar una respuesta detallada y coincides con las ideas preestablecidas que tenias en el ómnibus camino a casa, inmediatamente te quitas el peso del dia, comes algo y te acuestas a pensar; ya que tu, individuo trabajador, debes volver a repetirlo a la mañana siguiente. Aquel “sentimiento” hace una llamada urgente al insomnio para que pueda complementar tu día, como cualquier ser humano, no luchas y deseas que la suerte misma te conceda el sueño. Al día siguiente, empacas lo mismo que usaste, no se hizo una tarea complicada ya que gracias a la evolución humana, te adaptaste. Al llegar al trabajo te sientes convencido de algo y lo dices en voz alta para que a nadie se le presente como un secreto bien guardado “Hoy será un gran día!”. El ambiente se volvió extremadamente pequeño, se encogió de tal manera que tu espacio laboral absorbió lo poco de energía que dejaste en aquella frase, y vuelves a silenciarte como llamada telefónica moderna. Tu día transcurrió con normalidad, hasta podrías atreverte a decir que fue un capítulo de relleno en tu vida, pero inesperadamente, el elemento principal estaba por servirse en el plato. Dos horas antes del cierre de tu jornada, se te acerca una figura femenina, bella a simple vista, cabello bien cuidado, piel que sientes con la mirada, sin saber si es por el extremo cuidado que tenía o por lo maravilloso que puede llegar a ser ese encanto que tiene cada mujer. Tu mente reacciona y menciona a su vez la velocidad en la que ella se acercaba, moderada y sutil, encajaba perfecto con lo que irradiaba; tranquilamente te acierta una pregunta respecto a uno de los productos que claramente no tenías suficiente conocimiento como para responder de manera medianamente adecuada. Sin importar lo malo que sabías que podía a llegar a ser, respondes con una sonrisa - “Me parece que no lo tenemos en la tienda por el momento” - , estabas seguro que después de esa oración ella te devolvería la sonrisa y daría media vuelta, una interacción social muy sencilla. Desafortunadamente, aquella belleza localizó con su mirada hipnotizante lo que buscaba, justo en esos segundos de tensión volteas a observar en la misma dirección, dándote con la sorpresa que tu seguridad no es lo único que no debiste arriesgar. Ella sonríe y comenta - “Ahí está, podrías alcanzarlo por mi?”- claramente aceptaste, te dispones a colocar un pequeño banco de dos escalones y no titubeas con ningún movimiento, pensaste ser tan ágil como joven figura que eres, pero tu torpeza se sobrepone en tu misión haciendo que el pequeño y ligero banco no soporte tu peso corporal, varonil e inseguro, haciéndote caer a solo diez centímetros del suelo. Tú caída no te hiere de gravedad, pero lo que si llega a lastimar tu ego y hacer que aquel “sentimiento” resurja cómo la incansable ave Phoenix, es la carcajada de aquella silueta.
Decides no confrontar su falta de empatía, no porque sientas que no es el deber de un varón, sino porque tu propia voz desapareció al instante, simplemente porque nuestro “invitado” toma control de la historia, mucho más cuando lo único que haces es tratar con todas tus fuerzas de no sentirte avergonzado, sin éxito, lógicamente. Aquella sonrisa abandona tu puesto de trabajo con su producto, el cual detestas, no tanto como el banquillo por cierto; la hora es la hora y debes volver a tu hogar, esperando no tener que explicarle a nadie lo sucedido, no tendrías porqué, pero ya no confías en ti mismo. En tu camino de regreso, recoges un fragmento del cuál te averguenzas apenas pisa tu corteza cerebral, “¿Porqué me puse a pensar a cuanta velocidad se aproximaba a mi?”, sientes esa estupidez esparciéndose en tu cuerpo y desapareciendo más rápido que inmediato, no tiene tanta relevancia porque lo que domina tu cerebro es la imagen tuya en el piso, mientras que aquella figura radiante agotaba tu masculinidad con tan solo cuatro segundos de su risa burlona. Al llegar a casa no decides saludar, estas muy ocupado pensando en tu idiotez innata, te ciega tanto la idea de no volver a meter la pata, incluso creíste que esa misma pata te ayudaría a dar un paso al lado y seguir con tu vida, porque adivina que, es parte de ti ahora.
En primera instancia, te presento la ansiedad cómo una emoción incontrolable, domina tus pensamientos, derrama se impureza sobre ti, haciéndote acreedor de falsos escenarios y de intensas sensaciones corporales. Tu cuerpo paga el precio de tu inexperiencia, y decide hacerte parte del sufrimiento.
Consecuente a lo ya mencionado, la ansiedad te hace sobrepensar, claramente no es una noticia novedosa, cualquier mortal la conoce y aun así siendo conocedor, decide negarse a combatir. Tus pensamientos no quieren dejarte en paz, creen tener el control de lo que sientes, no conocen su lugar y arremeten contra tu tranquilidad, penetrantes e impertinentes como algún comentario de criterio personal, que algún conocido tuyo podría hacer inconscientemente, no es culpable, pero sí responsable de tu reacción. Como mencioné anteriormente, una batalla que nadie está dispuesto a luchar, infames cobardes.
Finalmente, debo rescatar un aspecto más, uno más para que pueda ser una demostración simétrica a lo acordado con las reglas de redacción, aunque no las acate en su totalidad. Dicha maldición nombrada por algún chiflado como “ansiedad”, puede llegar a ser tan cruel y despiadada, tan maldita e irracional, tan incontenible y soez; que es capaz de lo que nuestros padres y abuelos conocieron como “rebeldía adolescente” surja como la otra cara de nuestra personalidad, privandonos de brindar una posible explicación de el porqué.
A lo largo de tu vida, aprendes a comportarte como es debido, a pesar de que a la gente no le termine de agradar, sigues firme con lo que eres. Pero adivina que, eso puede cambiar en cuestión de segundos. El espacio tan sagrado que tienes contigo mismo, es ahora dominado por pensamientos intrusivos, que se sobreponen a lo que tienes establecido en ti. Es así que nace la otra cara de la moneda, aquella que solo puede reflejar lo que deseas ocultar, lo que deseas que no pase, lo que implora tu alma cada segundo y que ruega a Dios que por favor deje de estorbarte. No eres tú, es la maldita ansiedad.
Ahora, déjame decirte algo querido lector, probablemente no creas en lo que te muestro, simplemente porque sea inexacto, o de repente pienses que pudiste haber tenido una mejor explicación para algo tan complejo, sea lo que sea que quieras expresar, procura que tu ansiedad no domine tus comentarios internos, porque el mostrar lo que no eres solo es una batalla más que la ansiedad gana y que lamentablemente TÚ, pierdes incontables veces.
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