Hoy desarchivé muchos escritos de mi adolescencia, los leí dos o tres veces y, en varios, todavía me encuentro.
Todavía encuentro a mi ser depresivo y ansioso, a mi ser desmotivado que no encuentra el para qué de las cosas, pero ahora no camuflo lo que me pasa con el pésame de un desamor eterno, ahora los enfrento como la adulta que intento ser.
Sí, todavía intento ser adulta.
No entiendo para qué trabajo tanto, la plata no me alcanza.
No entiendo mis tiempos libres, me cuesta disfrutarlos sin culpa.
A la noche no me quiero dormir porque le tengo terror al mañana productivo, porque siento que estoy perdiendo el tiempo y que no tiene sentido seguir una rutina, pero al mismo tiempo no puedo estar sin una porque la desorganización me genera gastritis.
Creo que es lo más valioso que aprendí siendo adulta, es decir, saber organizarme y saber qué me genera gastritis.
Hace unos años una chica que me gustaba y escuchaba todos mis lamentos de los veintis, me dijo:
—Lo que pasa es que todavía no desarrollaste la corteza prefrontal —me dijo riéndose y con ganas de animarme.
No lo entendí, así que después lo busqué y decía algo así como que nos ayuda a tomar mejores decisiones, controla los impulsos y regula lo emocional, sarasa sarasa.
Por supuesto que esperé un cambio, esperé ese cambio.
A lo largo de mis —no muchos— años siendo adulta sí aprendí varias cosas. Principalmente puedo confirmar que dejé de ser impulsiva, pero no sé si eso singifica tomar mejores decisiones, aunque también le adjudico muchos de mis logros de madurez a la terapia.
También aprendí a regularme en lo emocional, pero siempre sé cómo dejar que el tornado de pensamientos haga un desastre en mi cabeza, y cuando arrasa es difícil pararlo.
Este último tiempo dejé salir el tornado y ahora estoy pagando las consecuencias, porque cuando lo dejo ser le cedo el control completo y cada vez que quiero volver a retomarlo salgo lastimada.
Lastimada por mí misma.
No veo un futuro cercano que sea sereno.
No me veo a mí misma ni siquiera con ganas de proyectarlo porque todo termina en un sinsentido.
Hoy es viernes por la noche, casi las 21:00 en Argentina. Empecé a escribir esto desde el sillón y ahora me mudé a mi cama, porque tengo los pies fríos y me duele la espalda. Pienso en hacerme uno de esos ramen que vienen en bolsas de plástico, los que venden en el chino.
Todo tiene sabor a contradicción, desesperanza y ansiedad, menos el ramen que voy a comer. Tal vez sea el único sabor rico que pruebe el día de hoy.
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francina
Si paso por acá es para declarar mis eternas bitácoras: de mi mente, mi rutina, mi vida. Dejar un… ¿Registro? Veremos qué sale.
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