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No sabría decir.

Dolbach

Aug 20, 2025

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...

Era de agosto la mañana, fresca cuando temprano, pero al rato, mejor la sombra que la solana.

Era de agosto, pero eso no importaba nada.

Llegó el cartero, llamó cuatro veces porque era nuevo en la plaza. "¿Donde es esto?" "¿Sabes la calle?" "El número no me cuadra"... Fue a la cuarta:

-Esta carta es para mí aunque indique otra casa.

La carta era de... Para mí importa, pero no le interesa a nadie. Y me decía:

"Aventar la parva.

En la cuenta de lo perdido me sale una ruina.

La vida casi entera en horas de hacer lo que no quería, de estar con quien no me apetecía, de decir lo que no debía.

Trabajo sustento esperando un aumento. Conversación ficticia ansiando sexo. Cabreo estúpido con la vana pretensión de convencer.

Merece la pena tan poco...

Ella, que me sostiene. Él, que me quiere. Los sueños, que me evaden.

Yo quiero tanto tras haber aprendido a quien y a qué querer...

Pocas almas me acompañan. Lo demás, el sol al ocultarse, el cielo al desnudarse, escribir desde mi adentro para buscarme.

He perdido, sí, los besos que pretendí, sin otra razón que el deseo desmedido; las horas preludio de las resacas, la espera de esperar nada.

Ahora no quiero gran cosa: Ratos de calma. Silencio. Agua.

Con muy poco, en la vida, basta.

Lo mismo deseo para tu alma".

No había dirección a la que enviar una respuesta, así que supuse que no quería que le dijera nada.

Aquello, tan antiguo y casi muerto de enviar una carta, fue un soplo de aire fresco enmedio de la galbana. Un extraño y reconfortante instante.

La vida seguía y era amable al otro lado de ese sobre. Donde quiera que hubiera sido sellado.

Era de agosto la mañana.

Y, mirando el pasar de nada, recordé una vieja historia:

El gran moquero.

Hace tanto tiempo que salí de mi casa que supongo que ya ni siquiera es mía. No dejo de viajar de un lugar a otro. Hay maravillas por todas partes. Hay seres a los que merece la pena conocer. En demasiadas partes, eso sí, uno se encuentra demasiado solo. Pero, a veces...

Fue en una estación de tránsito. Nos reconocimos enseguida.

Cuando sucede, cuando, tan lejos de lo que uno puede considerar su hogar, encuentras a alguien que comparte ese origen, es como acercarse. Es parecido a volver.

Recuerdos, imágenes, noticias, se sucedieron durante horas en aquel garito impersonal, plagado de vidas que iban y venían, que no eran de allí porque nunca nadie es de los lugares como aquel.

Ambos perdimos nuestros transportes, pero sabíamos que las ocasiones... recuerdo a un artista que pintaba en un lienzo a una mujer con larga melena. Me dijo que lo titularía “La Ocasión”. Le gustaba llevar la contraria. Cosas de artistas.

No sabría decir cuantas copas cargaron en nuestras cuentas. Seguro que aquello nos salió muy caro, pero ¡qué demonios!

Sus viajes y los míos tenían motivos diferentes. Yo, por aquel entonces, me ocupaba de optimizar los resultados de las sucursales de la empresa matriz para la que trabajaba. “Ice H2O, Curb & Bielding”. La paga era buena, pero aquello no era vivir. Ella, no lo recuerdo bien, visitaba los lugares en busca de rarezas, curiosidades, cosas extraordinarias con las que luego comerciar de un modo u otro. Productos, ideas... ya digo que no puedo ser muy preciso.

Sé, lo supimos los dos, que durante el tiempo que compartimos la vida, en aquella provisionalidad, nos enamoramos, pero sabíamos que debíamos ignorar el sentimiento. Sabíamos que no era otra cosa que necesidad. Un parche en unas existencias que se desinflaban sin ser para nadie. Sin ser para nada.

Cuando nos miramos a los ojos sin decirnos nada durante más de un minuto, apuramos nuestras copas y nos despedimos.

-¿Volverás algún día a Europa?

-Quizás... ¿Y tú a Deimos?

Sí, era una muy vieja historia. Hoy, hay otras:

Sueño ser.

Era un sueño que viajaba

de alcoba a alcoba,

de colchón a colchón.

Sueño que se soñaba

soñado con emoción,

vivido en la sombra

de una oscura habitación.

El sueño vivía soñando

que soñarse era la vida,

que de soñar despertaban

quienes nunca soñarían.

¡Qué sueño tan pretencioso!

Le decía la pesadilla.

Soñar es solo un instante,

un descanso de los días.

Pero el sueño no hacía caso

¿Qué otra cosa había de ser?

Los sueños son un pedazo

de cielo al atardecer.

¡Ay, sueño que te sueñas!

Aunque nunca puedas ser.

Con ser soñado ya eres,

luz del amanecer.

Dolbach.

Dolbach

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