Anoche
te escuché toser desde el baño,
no te ofrecí agua.
Ya no se ofrece nada en esta casa.
Ni la sal,
ni la espalda,
ni el aliento que antes era
lo primero que buscábamos
cuando abríamos los ojos.
Dormís de costado,
envuelta en la sábana como si te protegieras
de mí.
Yo duermo en calzoncillos,
porque ya no hay manos que me busquen el muslo
a oscuras.
Ni cuerpo que se despierte
como un animal en celo
por la proximidad de un gemido.
Hace meses que no entrás en mi ducha.
Antes era un juego:
vos te reías, yo
te enjabonaba las nalgas,
y después me metía adentro tuyo
sin pedir permiso.
Ahora cerrás la puerta,
el pestillo es un escudo
contra todo lo que alguna vez te gustó de mí.
No tenemos hijos.
No porque no quisiéramos.
Porque no pudimos.
Porque tu útero parecía una casa cerrada
desde antes de la guerra,
y mi semen,
una jauría de perros ciegos
buscando una puerta que no existía.
Probamos todo.
Juro que probamos todo:
hierbas, doctores,
las pastillas que te hacían llorar durante días
y me hacían sentir como un asesino
por abrazarte sin que quisieras.
Nos gritamos hasta el hartazgo.
Las mismas tres frases,
una y otra vez,
como si fueran letanías
de un rezo inútil.
«No me hablás»,
«Todo te molesta»,
«Nunca me mirás a los ojos».
No nos miramos a los ojos.
Me preguntaron hace poco si estaba casado.
Dije sí,
pero no supe explicar
qué era lo que todavía
nos mantenía en la misma hipoteca,
en la misma cama,
en el mismo domingo de mierda
donde solo se escucha
el ruido del lavarropas girando
como una soga apretando
lo poco que nos queda de vida.
A veces me dan ganas de agarrar una silla
y partirla contra el televisor,
solo para ver si reaccionás.
Pero no lo hago.
Porque estamos viejos,
porque estamos cansados,
porque quizás vos también pensás lo mismo,
y nos salvamos uno al otro
al no hacer nada.
Hay una paz falsa
en esta guerra que se volvió rutina.
Una tregua donde los muertos
somos nosotros,
de pie,
frente al espejo,
lavándonos los dientes
con los puños cerrados
y los ojos perdidos
en otra versión de nosotros
que ya no existe.

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión