Eran las tres, no dormía,
eran las siete, y seguía.
El insomnio no era el tema,
eras vos… y esa herida.
El domingo fue castigo,
aunque ya sabía el lugar,
aunque ya sabía tu risa,
aunque ya sabía mirar.
Pero no sabía el filo
de tus ojos al cruzar,
esa forma de mirarme
como si fuera a estorbar.
Parecías el de siempre,
las bromas, tu caminar,
pero tu mirada entera
me quiso deshabitar.
Y yo ahí, petrificada,
con mil cosas por gritar,
pero dentro solo un ruego
que me partía al pensar:
“No me mires así,
no me mires de verdad.
Basta, por favor,
hacé como que no estás.
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