No lo busques.
En serio.
No lo busques.
No porque no exista.
Sino porque hay momentos en los que uno ya no está en condiciones de encontrarlo.
Empezá por otra parte.
Mucho antes de que encontrarlo siquiera sea una posibilidad.
Mudate lejos creyendo que cambiar de país también puede cambiar una relación.
Descubrí que cruzar los océanos no alcanza para reparar aquello que ya estaba roto antes de hacer la valija.
Perdé la confianza.
Dejala desgastarse lentamente.
Como se desgastan las cosas que uno usa todos los días sin darse cuenta.
Mientras tanto, duela varias cosas al mismo tiempo.
Seres queridos.
Una pareja.
Un proyecto.
Un país.
Descubrí que el cuerpo no hace demasiadas diferencias.
Dedicále todo tu tiempo al trabajo.
A los mates en silencio.
A preparar la cena para una sola persona.
Empezá a desconfiar de vos.
Eso también ocurre despacio.
Empezá a preguntarte qué hiciste mal.
Tiene que ser tu culpa.
Después dejá de preguntarlo.
Dalo por hecho.
Llorá andando en bici cuando escuches el estribillo de esa canción.
Amigate con el silencio.
En algún momento empezá a escribir.
No porque quieras ser escritor.
Porque necesitás dejar las cosas en algún lugar donde no sigan ocupando toda la casa.
No busques belleza.
Escribí, como quien abre una ventana después de meses de encierro.
Que entren el aire, el polvo, el frío.
Escribí.
No para publicar.
Escribí para hacer espacio.
Hay recuerdos que pesan menos cuando dejan de vivir dentro del cuerpo.
No esperes sanar.
Conformate con algo mucho más pequeño.
Una tarde cualquiera vas a notar que hace rato no pensás en aquello que te rompió.
Después volverá.
Y volverá muchas veces.
Los fantasmas tienen la mala costumbre de entrar sin golpear.
Sentarse donde quieren.
Hablar con voces prestadas.
Una noche date cuenta de que ya no hay tanto ruido en la casa.
Hacé algo que nunca hubieras recomendado hacer.
Dejá que un algoritmo decida, que te recomiende.
No una aplicación para conocer gente.
Eso sería demasiado evidente.
Uno de esos algoritmos que creen conocerte porque saben cuánto tiempo te quedás mirando una foto.
Confiá apenas lo suficiente como para responder un mensaje.
Ella va a decir que le gustó algo que escribiste.
No te emociones.
Después va a preguntarte si puede leer algo más.
Ahora sí dudá.
Un texto honesto siempre dice más de su autor de lo que él quería decir.
Mandale el más difícil.
No el mejor.
El más verdadero.
El que te desnuda.
El que no muestra una versión editada de tu vida.
El que todavía duele un poco cuando lo releés.
Esperá.
Ese momento en el que el mensaje ya salió y no puede volver es importante.
No porque ella vaya a responder.
Porque vos acabás de hacer algo que hace meses no hacías.
Confiar.
Después seguí con tu día.
Intentá convencerte de que nunca lo va a leer.
En este mundo de consumos efímeros y banales, las personas no suelen detenerse a leer a un completo desconocido.
Pero lo va a leer.
Y cuando llegue la respuesta, prestá atención.
No tanto a lo que dice.
Prestá atención a lo que pasa después.
Respirá antes de abrir el mensaje.
Descubrí que no te da vergüenza haber enviado ese texto.
Durante un momento alguien que no conocías miró el lugar donde más miedo te daba ser visto y, en vez de irse, decidió quedarse un rato más.
Decile entonces algo que nunca pensabas decirle a una desconocida.
Que ya no querés escribir solamente sobre las cosas tristes.
Que te gustaría empezar a vivir historias más lindas y escribir sobre ellas.
Ella va a responder que le gustaría leerlas.
Guardá esa frase.
Parece un comentario amable, pero es una premonición.
Un día cualquiera, rompé una llave.
No es una metáfora.
Rompé la llave de tu casa de verdad.
Que sea la única que tenés.
Que esté lloviendo, que estés mojado y que haga frío pese a que es verano.
Cuando no haya más para hacer que resignarse y esperar a que alguien pueda abrir la puerta, recibí un mensaje suyo.
Sentí cómo la angustia se va de tu cuerpo.
Contestá.
No porque estés aburrido.
Sino porque ya empezás a distinguir esa notificación del resto.
Empiecen una conversación.
No hablen de la llave. Ni de los problemas.
Hablen del clima.
Contale cómo es vivir tan lejos.
Cómo atardece tarde.
Cómo el invierno parece empezar antes de que uno termine de entender el verano.
Hablen de música.
De dibujos.
De pintura.
Proponé enseñarle a tatuar.
No porque creas que va a hacerlo.
Porque ya empezaste a imaginarlos juntos.
Pedile una recomendación de música.
Mandale un boceto.
Preguntale cuál pintar primero y empezá por ese.
Prestá atención.
No a la conversación.
A lo que acaba de pasar.
Cuando la conversación termine, probablemente la llave ya esté arreglada.
No vas a recordar cuánto tiempo estuviste ahí afuera mojado y con frío.
Vas a recordar que, sin darte cuenta, alguien te hizo compañía durante toda la espera.
Al otro día preguntale qué está dibujando.
Si hace mucho que no dibuja, insistí apenas lo suficiente para que vuelva a intentarlo. Convertite en espectador de esos dibujos.
Celebralos.
Mostrale también lo que estás haciendo.
Las pinturas.
Las ideas.
Los proyectos que todavía viven solamente en tu cabeza.
Dejá que elija cuál le gusta más.
Las decisiones compartidas empiezan siendo ridículamente pequeñas.
Proponé un intercambio.
Una pintura a cambio de un vermouth juntos.
Vivís en otro continente.
Eso vuelve el trato completamente inútil.
Lo aceptará igual.
Las fantasías necesitan muy poco para empezar.
Alcanza con que nadie diga que son imposibles.
Con el tiempo van a aparecer más.
No las ordenen.
Déjenlas crecer todas juntas.
Cuando las fantasías encuentran un lugar donde vivir, empiezan a convertirse lentamente en proyectos.
Un día ella va a decir algo sin darse cuenta.
Va a recordarte que hay pendiente un vermouth que compartirán.
Escuchá con atención.
Acaba de empezar a recordar un futuro que todavía no ocurrió.
Hay una palabra de un idioma que ya casi nadie habla para nombrar una sensación que el nuestro nunca pudo resumir.
Mamihlapinatapai.
Es la mirada entre dos personas que desean lo mismo, pero esperan que sea la otra quien dé el primer paso.
Mencionásela.
No necesita mayor explicación.
Las palabras importantes trabajan mejor cuando uno las deja solas.
Descubrí que las conversaciones ya no giran solamente alrededor de lo que hicieron durante el día.
Empiezan, casi sin permiso, a girar alrededor de lo que podrían vivir juntos.
No sabés cuándo ocurrió.
Un día estaban recomendándose música.
Al siguiente estaban imaginando una cita en Italia.
Después un camping, conocer a su abuela, compartir un vino, un tiramisú, un paseo en bicicleta.
Descubrí que hace tiempo ninguno de los dos habla de "si". Hablan de "cuando".
Notá la diferencia.
Un pasaje comprado cambia la forma de hablar.
Sentí miedo.
Los fantasmas hacen exactamente lo mismo.
También usan el futuro pero para repetir el pasado.
Prestales atención.
No los vas a reconocer enseguida.
¿Y si otra vez no resulta?
¿Y si vuelve a pasar?
¿Y si no alcanza?
¿Y si un día se termina?
No discutas con ellos.
Los fantasmas nunca pierden una discusión.
Hacé otra cosa.
Seguí imaginando.
Un mapa abierto sobre la mesa.
Una lista de planes para compartir.
Empezá a hablar de dormir juntos mucho antes de compartir una cama.
No del sexo.
Eso puede esperar.
Hablá de una mañana.
Del sol entrando por una ventana que todavía no conocés.
De una torre de iglesia que viste solamente en fotografías.
De una siesta.
De despertarse sin apuro.
Hay intimidades mucho más profundas que desvestirse.
Una mañana cualquiera ella va a escribirte que le gustaría que estuvieras ahí.
Guardá ese mensaje.
Todavía faltan meses para verse y, sin embargo, ya empezaron a extrañar algo que nunca vivieron.
En algún momento van a ponerle fecha.
Las fantasías viven cómodas mientras no tienen calendario.
Los pasajes hacen algo extraño con la imaginación: la obligan a hacerse responsable.
Empezá la cuenta regresiva.
Descubrí que ahora el tiempo ya no pasa, se descuenta.
Y cuando falten pocos días, empezá a preguntarte cómo será escuchar su voz sin un parlante de por medio.
Cómo será su sonrisa cuando deje de medir apenas unos centímetros de pantalla.
Cómo huele una persona que hasta ahora solamente existía en fotografías.
Meses antes de viajar ya vas a haber imaginado planes para hacer juntos.
Escribilos en papelitos.
Guardalos en un frasco.
Cuando la veas, regaláselo para que los descubra de a uno.
"Conocer un mar nuevo."
"Una noche de cine."
"Dormir bajo las estrellas."
"Leer todo un domingo."
"No hacer nada."
No importa que se cumplan enseguida.
Importa que existan.
Porque, sin darse cuenta, están imaginando un futuro.
Propongan que el primer encuentro sea en un lugar que todavía no le pertenezca a ninguno de los dos.
Un territorio neutral donde ninguno juegue de local.
Otra ciudad.
Ella viajará seis horas en tren para verte. Vos, treinta en avión.
Ella va a llegar antes.
La vas a encontrar leyendo, recostada sobre el pasto, después de que un guardia la haya echado del Rosedal donde quería esperarte.
Llevale una rosa.
Acercate.
Besala.
Despacio.
Como quien reconoce un lugar al que nunca había ido y, sin embargo, recuerda.
Después reíte.
Escuchá por primera vez cómo suena su voz.
Descubrí que las pausas también tienen sonido.
Quédense un rato largo ahí.
Sin hacer nada extraordinario.
Mirá sus ojos.
Vas a descubrir que el verde cambia con la luz.
Que no son exactamente del mismo color cuando una nube cruza el cielo.
Luego caminen por la ciudad.
Descubrí que caminar de la mano con alguien que viste por primera vez hace unas horas se puede sentir como un lugar seguro.
Lleguen al departamento donde van a pasar la noche.
Duchense.
Hagan el amor.
O mejor dicho, celébrenlo, el amor ya estaba hecho mucho tiempo atrás.
Lo importante es que ninguno de los dos tiene que demostrar nada.
Solo dos personas dejando de imaginar un cuerpo para empezar a habitarlo.
Después salgan.
Ella te dará un regalo que compró cuando todavía eras una conversación digital.
A la noche vayan a un recital.
Bailen.
Ríanse.
En algún momento va a sonar esa canción.
La misma que meses atrás había servido para decir, sin decirlo, que si estaban en el mismo planeta valía la pena intentar dar la vuelta juntos.
Ahora ya no hace falta interpretarla.
Ahora los dos están en el mismo lugar.
Y eso, de repente, deja de ser una metáfora.
Cuando vuelvan al departamento, descubran algo que venían deseando desde mucho antes de admitir que deseaban acostarse juntos.
Dormir.
La luz entrando por una ventana.
La respiración del otro.
Los abrazos.
Despertar juntos.
Escuchar cómo la ciudad empieza sin ustedes.
Van a descubrir que ninguno tiene apuro por levantarse.
Que los abrazos de la noche siguen teniendo sentido de día.
Que la conversación empieza antes de abrir los ojos.
Después salgan a desayunar.
Caminen por San Telmo.
Esperen juntos a que el vuelo en el que está tu mamá arribe para volver juntos a Mar del Plata.
Cuando por fin llegue y se la encuentren, se sorprenderá de verte acompañado.
Presentala con una frase sencilla y descontracturada: “Ma, ella es Clara, creo que la van a ver bastante este verano".
Nada más.
Suban al auto.
Siéntense los dos atrás.
Dénse la mano.
Apoyá la cabeza sobre su hombro.
Dale un beso de vez en cuando.
Escuchala conversar con tu mamá.
Almuercen en la ruta.
Lleguen a Mar del Plata.
Acompañala hasta la puerta de su casa.
Y cuando vuelvas a la tuya, notá que estás sonriendo y cantando.
Al día siguiente festejá tu cumpleaños.
Pasalo rodeado de amigos, de familia, de abrazos.
Todo va a estar bien.
Y, sin embargo, cuando termine la noche, sentí que falta alguien.
Decile que querés dormir con ella.
No porque estés solo.
Porque descubriste que hay una diferencia enorme entre estar acompañado y haber encontrado compañía.
Ella va a decir que sí.
Esa noche, antes de apagar la luz, va a confesarte algo.
Que ya está enamorada.
No va a sonar exagerado.
Va a sonar inevitable.
Durante los próximos días no busques momentos extraordinarios.
No los vas a necesitar.
Descubrí que una historia puede sostenerse con escenas tan pequeñas que casi nadie las fotografiaría.
Prepará la cena.
Escuchá cómo ella agradece las cosas que parecen insignificantes.
Que abras una puerta.
Que le acaricies la espalda mientras lava una taza.
Que le acerques un mate sin que lo pida.
Seguí cocinando.
Inventá platos nuevos, aunque podrías repetir los de siempre.
A la mañana dejá que ella prepare el desayuno.
Mirá cómo acomoda las cosas sobre la mesa.
No hay apuro.
Nunca parece haberlo.
Lean.
Cada uno su libro.
No intenten conversar todo el tiempo.
Hay una intimidad muy extraña en pasar páginas al lado de alguien sin sentir la obligación de romper el silencio.
Dormite una siesta.
Despertate.
Volvé a dormir.
Pierdan un recital por haber pasado once horas durmiendo.
Abrazados.
No importa.
Despiértense riendo de la decisión que tomaron.
Afuera el mundo sigue insistiendo con que hay que aprovechar el día.
Vayan al mar temprano.
Métanse al agua.
Después salí unos pasos antes que ella.
Date vuelta.
Esperá.
Mirá cómo vuelve caminando.
El sol va a rebotar sobre el agua antes de llegar a su cuerpo.
Durante un instante, los pelitos rubios de su cuerpo van a encenderse como si la luz viniera desde adentro.
No intentes describirlo mejor.
No vas a poder.
Quedate con esa imagen.
Va a acompañarte incluso cuando ese mar quede a miles de kilómetros de distancia.
Una noche váyanse de camping.
Cuando vean una tormenta acercarse, no entren enseguida.
Saquen dos sillas.
Siéntense frente al mar.
Esperen.
Miren cómo el horizonte cambia de color.
Cómo los primeros relámpagos todavía no hacen ruido.
Cómo las luciérnagas siguen cruzando el aire como si ignoraran lo que está por pasar.
Después sí.
Corran.
Métanse en la camioneta.
Abran un vino.
Pongan música.
Hablen un rato.
Callen otro.
Descubrí que las conversaciones más importantes suelen ocurrir durante los silencios.
Elíjanse todos los días.
No hacen falta grandes planes.
Alcanza con verse, aunque sean quince minutos de camino a casa.
Compartir un desayuno.
Leer cada uno su libro.
Mirarla trabajar mientras vos pasás páginas en silencio.
Con una caminata hasta el mar.
Con una siesta.
Porque el amor no siempre hace la vida más intensa.
A veces hace algo mucho más difícil.
La vuelve tranquila.
Encontrá en su casa la rosa que le regalaste la primera vez que se vieron.
Habrá sido secada.
Enmarcada detrás de un vidrio.
Eterna.
Date cuenta de que ella seca las rosas por la misma razón por la que vos escribís.
Para que el tiempo no las desarme del todo.
Para secar los momentos felices antes de que el tiempo los marchite.
Guardar la felicidad entre las páginas de un libro.
Tengan conversaciones importantes frente al mar.
Una mañana, por ejemplo, decile que te imaginás un futuro con ella.
Pero no le preguntes si quiere irse con vos.
Dejá que las decisiones importantes lleguen despacio.
Otro día, también en la playa, contale algo mucho más difícil.
Contale que hubo una persona antes.
Que rompió tu confianza y lastimó tu autoestima.
No des demasiados detalles.
No hacen falta.
Alcanza con decir que hay fantasmas que todavía se levantan antes que vos.
Y que no querés mudarlos a esta historia.
Ella no va a prometer espantarlos.
Va a hacer algo mucho más inteligente.
Va a quedarse a tu lado mientras aprendés a hacerlo.
Otra tarde va a decirte que quiere irse a vivir a Europa.
Cuando te pregunte qué pensás, respondé con mucho cuidado.
Decile que te haría feliz vivir con ella.
Pero que no querés ser el motivo.
No negocies eso.
Si algún día deja su país, que sea porque también está siguiendo un deseo propio.
Porque los proyectos que descansan sobre una sola persona pesan demasiado.
Ella va a decirte que esa idea ya existía antes de conocerte.
Que siempre quiso vivir en Europa.
Que sentía que se le estaba escapando la oportunidad pero que ahora imagina ese camino acompañado.
Hay una diferencia enorme entre seguir a alguien y encontrarse caminando en la misma dirección.
Aprendé a distinguirlas.
Van a volver a hablar del tema varias veces.
No resuelvan todo en una conversación.
Las decisiones grandes necesitan respirar.
Mientras tanto seguí cocinando.
Ella seguirá preparando los desayunos.
Vos inventarás cenas.
Ella pondrá flores en los floreros.
Vos aprenderás qué pan le gusta comprar.
Sin darse cuenta van a estar construyendo un hogar que todavía está a doce mil kilómetros de distancia.
Los hogares empiezan mucho antes que las mudanzas.
Notá que hace un tiempo están hablando en plural.
Fantaseen.
Sin vergüenza.
Una casa en otro país.
Una playa.
Un pueblo donde los conozcan por el nombre.
Un café.
Una biblioteca.
Un domingo cualquiera.
No intenten decidir si esas cosas van a pasar.
Las fantasías no sirven para adivinar el futuro.
Sirven para descubrir qué futuro dan ganas de construir.
En algún momento, cuando este futuro deje de parecer un juego y empiece a sentirse posible, vas a tener que contarle de dónde vienen algunos de tus silencios.
No esperes a que aparezcan solos.
Hay heridas que, si no tienen nombre, terminan hablando por vos.
Contale que tu confianza aprendió a caminar mirando hacia atrás.
Que todavía hay días en los que un gesto cualquiera despierta un miedo viejo, aunque sepas que ella no tiene nada que ver.
No le pidas que lo resuelva.
No le pidas que pague una deuda que no contrajo.
Decile simplemente que estás intentando aprender otra forma de querer.
Y observá qué hace.
No va a discutir con tus fantasmas.
Va a reconocer que existen.
Después va a sentarse al lado tuyo.
Y va a esperar.
Va a recordarte, con una paciencia que no conocías, que el pasado explica muchas cosas, pero no tiene por qué escribir el resto de la historia .
Prestá atención a ese momento.
Porque la confianza no vuelve de golpe.
Vuelve así.
En conversaciones tranquilas.
En alguien que escucha antes de defenderse.
En una noche cualquiera en la que, sin darte cuenta, dejás de esperar que todo vuelva a romperse.
Ese día no vas a dejar de tener fantasmas.
Pero por primera vez van a compartir la casa con algo más grande que ellos.
Al terminar el verano volvé a cruzar el océano.
Otro viaje largo y cansador.
Esta vez no viajás hacia lo desconocido.
Sabés exactamente qué dejás atrás.
Contale que no ves la hora de acostarte.
Pero esta vez no digas más "mi cama".
Decí "nuestra cama".
Aunque todavía esté vacía.
Comprá unas sábanas.
Mostráselas por videollamada.
La cama todavía está a doce mil kilómetros de distancia de ella y, sin embargo, los dos ya están imaginando el mismo descanso.
Llevá una planta.
Ponela junto a la ventana.
Mostrale esa primera planta compartida.
Dejá un espacio vacío en el placard.
Después esperala.
No en un aeropuerto.
Mucho antes.
Esperala acomodando la casa.
Hacé la cama.
Conseguí una lámpara.
Un espejo.
Traé una mesa.
Comprá flores.
Ordená los libros.
Llená la heladera.
Abrí las ventanas.
Dejá que entre aire.
No estás decorando un departamento.
Estás preparando un lugar donde pueda sentirse en casa.
Hay una diferencia enorme.
Tomá un tren.
Llevá un ramo de rosas.
Cuando finalmente aparezca por el pasillo del aeropuerto, no pienses en los meses que pasaron.
Pensá en el cuerpo.
En todo lo que una pantalla nunca pudo mostrar.
El peso del abrazo.
La temperatura de la piel.
La respiración.
La forma en que apoya la cabeza sobre tu hombro.
No intenten recuperar el tiempo perdido.
Eso sería imposible.
Hagan algo mucho mejor.
Empiecen el tiempo nuevo.
Esperen juntos el tren.
Mírense.
Ríanse.
Lleven las valijas hasta la casa.
Apóyenlas en cualquier lado.
No las desarmen enseguida.
Hay urgencias mucho más importantes.
Como comprobar que el otro todavía huele igual que en la memoria.
Después salgan a caminar.
No porque haya algo extraordinario para ver.
Porque caminar juntos era una de esas escenas que llevan meses ensayando en la imaginación.
Lleguen a una colina.
Encuentren un banco para sentarse.
Vean que el banco tiene una placa escrita en un idioma que todavía no entienden.
Tradúzcanla.
Leé en voz alta:
"¿Querés casarte conmigo?"
Ríanse.
Entren a un supermercado.
Decidan juntos qué comprar.
Qué pan.
Qué queso.
Qué jabón.
Qué verduras.
El amor no siempre ocurre con fuegos artificiales.
Ocurre frente a una góndola de detergente.
Vuelvan al departamento.
Prepará la cena.
Ella va a poner la mesa.
Coman.
Levanten los platos.
Acuéstense.
Ella sacará uno de los papelitos del frasco y este dirá: "Quemar las naves."
Los navegantes quemaban sus barcos cuando decidían que no iban a volver atrás.
Escribiste ese papel mucho tiempo antes de siquiera verla en persona.
El deseo no empieza por desvestir un cuerpo.
A veces empieza mucho antes.
Empieza cuando alguien te hace desear un despertar.
Acostarse con alguien puede ser relativamente fácil.
Lo verdaderamente difícil es querer seguir ahí cuando amanece.
Porque después de tanto imaginar una vida juntos, el verdadero milagro consiste en descubrir que la realidad también sabe ser tranquila.
Que el amor, cuando es sano, no se parece a un incendio.
Se parece a una casa con las ventanas abiertas.
A una planta que necesita agua.
A un libro apoyado boca abajo porque mañana van a seguir leyendo.
A dos personas que ya no tienen apuro por demostrar nada.
Y recién ahí, cuando el silencio vuelva a llenar la habitación, vas a entender algo que no se aprende antes de vivirlo.
Los fantasmas nunca desaparecieron.
Simplemente dejaron de ser los dueños de la casa.
Ahora tienen que convivir con una cama compartida.
Con el olor del café.
Con unas flores sobre la mesa.
Con unos buzos que ya no sabés de quién son.
Con dos cepillos de dientes.
Con alguien que, cada mañana, antes de hablar, te besa como si el día no pudiera empezar antes de eso.
Entonces.
No lo busques.
O, mejor dicho, dejá de buscarlo como si fuera una persona.
Buscá otra cosa.
Buscá convertirte en alguien capaz de reconocerlo cuando llegue.
Aprendé a estar solo.
Aprendé a decir "tengo miedo" antes de convertir ese miedo en una pelea.
A pedir perdón.
A cambiar de opinión.
A cuidar una planta.
A cocinar para otro.
A compartir el silencio sin sentir la obligación de llenarlo.
Y un día cualquiera, mientras el otro lea en el sillón o riegue una planta o salga del mar con el sol encendiendo apenas los pelitos de sus brazos, vas a descubrir que hace mucho tiempo no pensabas en aquello que una vez te rompió.
No porque lo hayas olvidado.
Porque ya no organiza tu manera de vivir.
Quizá sanar nunca fue borrar una historia.
Quizá sanar siempre fue escribir otra más grande.
Entonces escribí.
No porque seas escritor.
Escribí para no olvidar.
Porque el dolor tiene una memoria extraordinaria.
La felicidad, no.
Guardá los desayunos.
Las siestas.
Las rosas secándose entre las páginas de un libro.
Las sábanas recién puestas.
No para convencer a nadie de que el amor existe.
Sino para que, cuando el miedo vuelva a tocar la puerta, encuentres pruebas de que también existió todo lo demás.
Que una vez alguien olía al sol sobre la piel.
Que unos ojos podían cambiar de color según la hora del día.
Que hubo una casa donde el silencio dejó de doler.
Y donde los fantasmas, por primera vez, tuvieron que aprender a convivir con algo más grande que ellos.
Tal vez escribir siempre haya sido eso.
Construir memoria para el futuro.
Guardar las cosas hermosas antes de que el tiempo las desgaste.
Secarlas entre las páginas de un libro.
Como quien guarda una rosa.
Para abrirlo muchos años después y comprobar que sí.
Que fue verdad.
Que una vez el amor floreció ahí.
Ahora levantate.
Poné el agua para el mate.
Hacé el desayuno.
Dale un beso antes de que abra los ojos.
Escribí una nueva página.
Ahora escribís para recordar que fuiste feliz.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión