Ya no se distinguir dónde empieza
ni dónde termina
mi cuerpo.
Ni siquiera podría localizar el lugar exacto
en donde termina mi imaginación
o donde empiezan mis juicios
sobre el mundo.
Podría pensarse en la piel, quizás.
Pero ya lo veo
a Carlos Castañeda
argumentando sobre el ver y el ensoñar
sobre los hilos de energía que conforman
el huevo que es nuestro deambular.
También la escucho a Silvia Federici,
y a tantas posmarxista
diciendo que la propiedad privada no existe.
Es, la piel, realmente un límite?
Todo el mundo se llena la boca
hablando del otoño
y sin embargo no saben distinguir
entre el del año pasado o el anterior.
Como si fueran la misma cosa,
se desarman en devenires climáticos
siempre de queja, de sorpresa y de queja nuevamente.
Éste año el otoño floreció.
No como una flor que se abre,
sino más bien como una caja de cartón
o la caca de un unicornio.
El nivel del agua del río no bajó ni medio centimetro
cuando llegó la sequía.
Y los árboles continuaron con el follaje verde
como llamando a la esperanza
en la canción de Diego Torres.
Vos no me miraste o yo no te miré.
Cruzamos la calle cuando nos ibamos a chocar.
Nos evitamos y menos mal.
Ya siento que todo es basura en los rostros
laberínticamente urbanos de la actual humanidad.
Ya se pega el desprecio cuando alguien es realmente efusivo.
La máscara es el semblante,
y es ahí donde se condensa
un cuerpo que constantemente
se abstrae de él mismo
para pensar en el globo terráqueo
errante en el cosmos.
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Rocío Giménez Ferradás
Hola! Soy dibujante pero las palabras son un jardin en el que refugio el pensar
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